
Aún en Chile la palabra “cáncer” resuena con un tono trágico y tremendo.
RODRIGO PIRACÉS GONZÁLEZ
Académico de la F. de Humanidades y Arte UdeC
Aún en Chile la palabra “cáncer” resuena con un tono trágico y tremendo. El nombre y la noticia de su padecimiento articulan el llanto instantáneo de las familias. También vaticina la quiebra económica, la depredación de los recursos, la venta de los bienes, en fin, no son buenas noticias.
La Revista Médica de Chile, volumen. 148 Nº10, expresa “durante los últimos 20 años, el cáncer se ha transformado en una las principales causas de mortalidad a nivel mundial. En el año 2018, se diagnosticaron un total de 18,1 millones de personas con cáncer y 9,6 millones murieron a causa de esta enfermedad”.
Sabiendo todo esto el mercado del cáncer sigue creciendo, la desesperación de millones es cautivada en un mercado que está dispuesto a “venderlo todo” por acceder a una mejora. Los laboratorios y clínicas lucran cuantitativamente en una carrera capitalista donde prima la ley de la oferta y la demanda. Si los índices mundiales son cada vez más altos: ¿Por qué el cáncer y su mercado no son regulados eticamente? ¿Cuántas veces hemos sabido de pacientes que prefieren morir antes de dejar en la ruina a sus familias? La mala fama de la enfermedad en realidad es más atribuible a los costos que tiene, ya que la ciencia ha avanzado considerablemente en esta materia.
Padecer cáncer, entonces, no es solo enfrentarse a la posibilidad cercana de morir, a soportar dolores invalidantes o a tener que truncar una vida próspera, sino también, arrastrar a los que más amas a una sentencia financiera que los deja encadenados a décadas de deudas, que libremente corren regidas por las disposiciones bursátiles de un sistema salvaje.
No, no hay humanidad, no hay misericordia. Jacquelinne, de treinta y tantos años, vende entre los pacientes que esperan ser irradiados, en una de las solamente dos salas de radioterapia de la región del Biobío, unos pequeños muñecos tejidos a tres mil pesos, mientras empuja la silla de rueda de su joven esposo con cáncer cerebral. Esto me recuerda la historia de San Agustín, donde éste se encontraba paseando a la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad cuando vio a un niño llenando un hoyo en la arena con el agua del mar.
San Agustín le preguntó porqué lo hacía, a lo que el niño respondió que intentaba vaciar toda el agua del mar en el agujero. ¿Cuánto tiempo más seguiremos como sociedad cavando en la arena? ¿Cuánto más injusto debe ser un sistema para reaccionar? ¿Cómo protegemos a nuestros artistas-creadores que basan su trabajo y remuneración desde la informalidad?
Quiero pensar como Walt Whitman: mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol, y las sombras caerán detrás de ti.