Epistemología y otras palabras atemorizantes

Fecha Publicación: 17/8/2016

En lo que a nuestra cultura se refiere, es posible que la mayor parte del conocimiento haya sido, para empezar, de naturaleza práctica. No es de extrañar, en los antiguos tiempos no quedaba espacio para las filosofías, con prioridades rigurosas y ambiente sin misericordia. Primum vivere, deinde philosophari, atender primero a la frágil materia y más tarde, una vez asegurado aquello, a las filosofías.

Se ha propuesto que haya sido así antes de la luminosa aparición de Tales, ciudadano incómodo de Mileto, en las colonias griegas de Jonia. Por lo que parece, los griegos se encargaron de sembrar la duda, del conocimiento pragmático, a la aventura sin fin de averiguar sobre la naturaleza de las cosas, las cosas se empezaron a complicar.

Como es evidente, mientras más conocimientos, mejores resultados, más riqueza y su compañero inseparable; más poder. Por lo tanto, hubo al inicio el propósito decidido de dejarlos reservado para la clase dominante, solo al alcance los iniciados, puestos, en consecuencia, en códigos intraducibles para la gente común, rodeándolos incluso de adecuada legislación protectora y excluyente.

Tales y sus seguidores transformaron el misterio en cosa pública, conocimiento para todos, acumulable y discutible, sometido a crítica, digno de búsqueda. De repente hay algo nuevo en el mundo, que los griegos llamaban episteme y que nosotros llamamos ciencia. Conocimiento organizado, que establece una relación entre el hombre, o la mente de éste y el mundo exterior, no como antes un mundo incomprensible, sino desde entonces, un mundo por conocer, la epistemología había llegado para quedarse.


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