Violencia contra la Universidad: las cosas por su nombre

Fecha Publicación: 14/8/2016

Al caer la tarde, las calles en el sector de la Plaza Perú, terminados los incidentes, mostraban nuevamente un espacio desolado, los destrozos, piedras y vidrios rotos, el barro negro que deja la extinción de las piras, los residuos de una suerte de guerrilla urbana. El sector es ocupado por, a lo mejor, los mismos que han agredido a la ciudad, solo que habiéndola lesionado, ahora utilizan sus instalaciones, sentados en cualquier parte. Un poco más allá la vida continúa.

Sin embargo, la Universidad de Concepción ha sido nuevamente dañada, un tanto materialmente, mucho más en su espíritu, lo que delata a quienes son los encargados del asedio, sin eufemismos. No se trata de estudiantes, sería ofenderlos, llamar las cosas por su nombre, es reconocer a grupos anárquicos, hordas de delincuentes o enmascarados, o una combinación negativa y sinérgica de todos ellos. Un perfil de procedimientos propio de quienes no están preparados para conocer cuáles son las herramientas legítimas que existen para buscar la solución de sus aspiraciones, limitados a las respuestas básicas y viscerales, actuando en su primitiva capacidad de responder violentamente.

La violencia es lo más evidente en estos actos, que pueden tener diferentes denominativos, es necesario recordar su definición para describir como tal lo que está ocurriendo en las vecindades del campus universitario; el uso de la fuerza física o psicológica contra una persona o grupos de ellas, o en atentados contra sus pertenencias.

Los motivos por los que se ejerce la violencia pueden ser muchos; venganza, dominar la voluntad de otros, la expresión de un sentimiento de ira o resentimiento. En casos de violencia colectiva, además la imitación de los débiles de voluntad, seducidos por una masa enardecida.

En parecido contexto, a veces con las mismas causas, solo que subyacentes, la violencia política obedece a un motivo específico: dirigirse contra los opositores ideológicos, ya sea para que se abstengan de actuar contra sus propuestas o exterminarlos, o atentar contra la política imperante. Según los momentos históricos y el desarrollo cultural de las sociedades, la violencia tiene sus propios cauces, de la violencia física a la psicológica, esta última reflejada fielmente por el lenguaje.

Por eso es que resulta imperdonable la violencia que se ejerce en contra de la universidad, porque no hay medida para ninguna de las formas aludidas, vandalismo desatado y lenguaje de vulgaridad extrema, justamente en uno de los sitios donde debe predominar la fuerza de la razón, en una institución cuya esencia es el cultivo del espíritu, libremente, donde debería ser y ha sido posible enfrentar ideas, no importa cuán disímiles, en busca de un punto de equilibrio razonado que puede ser la forma más prístina de la democracia.

En este sentido es particularmente válida la reflexión del rector Enrique Molina, “la misión del universitario debe ser precisamente ofrecerle al hombre prisionero de su doctrina… una visión amplia y completa del mundo y soluciones adecuadas a sus problemas”, esta solución no pasa por la violencia en busca de respuestas mediante el uso de la fuerza, o de la amenaza. Sino más bien en la actitud.


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