Imperdonable pecado de no aplicar la ley

Fecha Publicación: 9/8/2016

Está llenando las primeras páginas de los medios, que, en nuestro entorno, eligen moderar las imágenes que se publican, pero aun así parece evidente que la violencia no ha hecho otra cosa que aumentar; las protestas, por la causa que sea, terminan casi siempre en hechos violentos en agresiones a personas, en actos vandálicos, en lenguaje remplazado por alaridos y gestos amenazadores. De aquello se está llenado la calle.

Se ha expresado que la violencia existe desde siempre; los etólogos, en sus investigaciones sobre el comportamiento innato de los animales, llegaron a la conclusión de que el instinto agresivo tiene un carácter de supervivencia. Darwin, al proclamar al mono como padre del hombre, argumenta que sus instintos de lucha por la vida le permitieron seleccionar lo mejor de la especie y sobreponerse a la naturaleza salvaje y a la competencia entre especies y grupos sociales. 

Para los padres del socialismo científico, la violencia, aparte de ser un producto de la lucha de clases, sirve para transformar las estructuras socioeconómicas de una sociedad, considerando, además, que existe una violencia reaccionaria, que usa la burguesía para defender sus privilegios, y otra violencia revolucionaria, que tiende a destruir el aparato administrativo de la clase dominante y socializar los medios de producción.

Lo que no se ha terminado de comprender es que la historia cambia las situaciones, que lo que pudo haber sido herramientas adecuadas para las circunstancias de la sociedad en algún momento del pasado, pueden resultar burdas y anacrónicas a la luz de los avances sociales contemporáneos, como puede ser, en términos elementales, la instauración de regímenes democráticos, en los cuales, a diferencia de instancias más primitivas, debería imperar la fuerza de la razón.

El hombre es un ser complejo en el cual la evolución ha obrado cambios espectaculares, entre estos, la posibilidad casi infinita de aprender, a lo largo del todo el curso de su vida, pero que, como todo enorme poder, contiene la posibilidad de ser utilizado para bien o malamente.

Como sea que cada persona tenga estructurada sus conductas de agresividad y violencia, es un hecho que la expresión de esas conductas está fuertemente condicionada por factores ambientales y de entorno, incluyendo la educación, cultura, los usos de la sociedad en la cual vive, en sus convenciones y jurisprudencia.

Ver a personas comportándose como seres inferiores en la escala zoológica, fuera de control, convertidos en fieras de emociones ciegas, hace evidente lo delgado y frágil de la cobertura civilizada, dignas del comentario del etólogo británico Desmond Morris; la ciudad no es una selva de cemento, es un zoológico humano.

Los gobiernos tienen que tener el poder de regular esos comportamientos, la democracia les ha dado los instrumentos. Inhibirse de emplearlos, deja a las personas libradas a sus propios medios, obligadas a defenderse a como dé lugar, con el riesgo de soltar los frenos de la ira, ejerciendo desproporcionada justicia por su propia mano, abandonados de su condición de persona civilizada, retrocediendo un par de miles de años, por falta de autoridad para imponer el orden, con los errados complejos de no confundirse con actitudes autoritarias, cuando justamente son esas las que la democracia deja disponibles para defenderse de quienes pretenden llevársela por delante.


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