El riesgoso proceso de perder la fe

Fecha Publicación: 30/7/2016

La pérdida de fe solía ser, hace algún tiempo, una crisis religiosa. Una merma de profundo significado sobre todo para niños educados cristianamente, los cuales mediante el contacto con las malas juntas eran desviados del recto camino. Otros niños, no tenían para que ser religiosos para perder la fe, bastaba con tener la mala fortuna de carecer de los amigos apropiados y verse en cambio traicionado por sus compañeros; al jugar, o durante los desafíos académicos, también esos la perdían rápidamente.

Con la confianza es lo mismo, del latín; con, de tener y fides la fe, perderla es desconfianza. Confianza es la creencia, esperanza y fe, que sin duda alguna, podemos tener referente a otra persona, grupo o institución, confiar que éstos actuarán de modo apropiado y correcto en una situación determinada, de solo conocerlos, que tienen lo que se necesita, idoneidad, honradez, sinceridad, valor, lo que haga falta.

Confianza, o lo contrario, es un concepto dinámico, se puede crear, aumentar, disminuir, o perder. Por sus características hay en esta dinámica un factor asimétrico; es difícil de construir, y asombrosamente fácil de perder.

Cuando la sociedad, por un motivo u otro, empieza a mostrar señales de deterioro, cuando las conductas prevalentes empiezan a exhibir, cada vez con más frecuencia, indicadores de malas prácticas, se empieza a instalar la desconfianza, a la espera de mejoramientos, si estos no ocurren, la desconfianza se establece como una nueva y perversa regla del juego, con una conclusión valedera, pero tóxica; confiar es peligroso, un círculo vicioso cuya ruptura es de alta complejidad, cuando las cosas están así, es preciso cambiar, ya que con el tiempo se va de mal en peor.


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