Alto costo de abandono de las carreras de la educación superior

Fecha Publicación: 23/7/2016

Hay evidencias abundantes, incluso en Chile, de los resguardos que hay que tener al momento de universalizar la educación superior. En países vecinos, con sistemas abiertos y permeables de ingreso, se pueden observar cursos de cientos de estudiantes, aun en carreras tradicionalmente selectivas dada la complejidad de las competencias necesarias para asegurar un exitoso cumplimiento del plan de estudios. El precio de la falta de selectividad en los niveles de educación superior sin haber asegurado la calidad en los tramos formativos precedentes, puede ser enorme.

Un reciente estudio de la Cátedra Unesco sobre Inclusión en Educación Superior Universitaria de la U. de Santiago, debería encender las necesarias alarmas, Chile pierde US$ 780 millones (545 mil millones de pesos) al año en financiar las carreras a alumnos que desertan, el agravante es que esa pérdida tiene un profundo impacto en las familias, ya que en el país el 67% de estos recursos proviene éstas y en los recursos del Estado, que se hace cargo del 33% restante.

En Chile, la deserción promedio del sistema de educación superior es del 27,9%, según el último estudio sobre retención elaborado por el Servicio de Información de Educación Superior del Mineduc. Las posibles explicaciones para esa magnitud de fracasos abundan, en el trabajo aludido se achaca a la PSU, que sería un mal predictor del éxito académico, por mucho que la experiencia directa en la academia, describa que hay diferencias positivas apreciables en la trayectoria de estudiantes con excelentes puntajes, en comparación con otros ingresados con puntaje inferior o marginal.

En razón de lo anterior, se ha propuesto cambios en la ponderación de los componentes de la PSU, como dar más valor al puntaje de matemáticas, o asignar más valor en la ponderación para el ingreso a la posición del estudiante en su respectivo curso de enseñanza media. El problema es complejo, un polinomio de factores que pueden alterar los resultados, solo a título de ejemplo un joven, el mejor de un curso de bajo estándar.

Como explicaciones del fracaso se ha aludido a la premura con que el estudiante debe elegir una carrera, con altas posibilidades de equivocarse, la falta de apoyo en familias vulnerables, el insuficiente acompañamiento o tutoría de los estudiantes en los primeros años, o factores económicos que pueden establecer barreras significativas para el rendimiento académico.

Sin embargo, por sobre esas consideraciones, los cambios en las pruebas de selección, o simplemente su eliminación, no lograrán conseguir equidad. Aunque exista gratuidad universal, si las bases de la educación son de calidad insuficiente, la simple garantía de acceso no asegura que los estudiantes puedan egresar de una carrera, si no se cubren las brechas que el sistema escolar no ha sido capaz de resolver.

La gratuidad puede tener, sin considerar estos aspectos, un resultado indeseable al aumentar la proporción de estudiantes que fracasan. Es un factor que debe ser debidamente considerado, mientras se hacen las cosas como es debido, es decir, mejorar sustantivamente la calidad de la educación básica y media.

Es indudable la buena intención de la gratuidad, pero es indispensable evitar que los nuevos estudiantes ingresados con financiación del Estado, se frustren por una oportunidad que se transforma en una falsa y onerosa esperanza.


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