Restauración del Mary Rose

Fecha Publicación: 23/7/2016

La soberbia tiene muchas ramas, puede ser altamente lesiva si quien la manifiesta tiene poder, mientras más, peor. En este caso el soberbio de turno es Enrique VIII, que además de cortar cabezas a sus esposas por las razones más peregrinas, tenía por delante la tradicional guerra con Francia.

En una batalla cercana a las costas de Inglaterra, su barco insignia, lejos el favorito y orgullo de la flota, considerado por los expertos como una embarcación casi imposible de naufragar, realizó la descarga de babor y luego viró para disparar sus cañones de estribor. En lugar de eso, escoró severamente durante el cambio de dirección, volcó y se hundió ante los ojos de los horrorizados espectadores, salvándose un par de decenas de los 415 hombres que la tripulaban.

Ahora se sabe que Enrique, llevado de sus ideas, había sobrecargado el barco con cañones, más otros detalles erróneos descubiertos por ingenieros navales e historiadores quinientos años más tarde, ya que el barco fue rescatado en 1982.

En otro acto de soberbia, esta vez altamente redituable, se ha invertido 5,4 millones de libras (7,1 millones de dólares), en un cuidadoso proceso de restauración que ha durado 34 años. Se ha devuelto su esplendor al Mary Rose, que con museo propio puede ser visitado a partir de la semana recién pasada.

Con el tiempo transcurrido se ha diluido la tragedia causada por exceso de orgullo y prepotencia, pero ese tipo de naufragios, no necesariamente de barcos, son siempre factibles cuando los que tienen el poder pierden la visión de la realidad y llevan los asuntos por sobre sus posibilidades, a veces con más pérdidas que las del Mary Rose.

 

PROCOPIO


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