Las fórmulas torcidas de la democracia

Fecha Publicación: 11/7/2016

Algunos titulares de prensa nacional, en la vecindad de elecciones municipales, han fijado su atención en el fenómeno sociopolítico denominado caudillismo, uno de los mecanismos distorsionadores de una democracia todavía en construcción.

Una definición lúcida sobre esta forma de liderazgo espurio la ofrece el historiador francés François Chevalier, al señalar que el caudillismo "es propio de una sociedad con sistema democrático inmaduro, grandes diferencias sociales, y existencia de oligarquías locales o regionales. Es propio de una sociedad donde personas poderosas prepotentes no aceptan el juego político democrático".

Es muy posible que el ciudadano común, agudo observador por lo general de las conductas de algunas de sus autoridades locales, se haya percatado que algunos o todos los elementos contenidos en la definición, correspondan a situaciones reales y contemporáneas del país. No sin razón en los medios han aparecido verdaderos mapas de las redes de influencia de algunos de estos personajes cuyas conductas han sido aludidas en detalle, con bastante acritud por analistas políticos.

El resumen es digno de las sátiras de Juvenal, solo que mil años de distancia; el caudillo conoce las debilidades y ambiciones de sus colaboradores y las usa en el momento oportuno como moneda de cambio para manejar con exactitud la política de pasillos. La corrupción puede partir de auspiciar a diversas agrupaciones sociales, con aportes disimuladamente asociados a la continuidad de quien los otorga. Como conductas reiteradas es posible observar nepotismo, y clientismo, o ambos, con la incorporación en la administración de parientes y amigos, muchas veces auténticas sinecuras, o adjudicación de proyectos a la medida y licitaciones con información privilegiada.

Las actuales normas de transparencia y métodos cada vez más efectivos de llevar adecuada contraloría de las actividades municipales están encaminadas a restar fuerza a las maniobras de caudillaje, que aun así es posible encontrar. Los recursos que movilizan los municipios son lo suficientemente importantes como para ameritar la más cuidadosa y transparente de las administraciones.

Es muy aconsejable que pronto, antes de que la dinámica electoral se haya instalado, las municipalidades pongan con la mayor claridad posible, a plena luz pública, la manera cómo se emplean y aplican los fondos de la comuna. Hacer una relación de obras, poner todos los datos sobre la mesa, incluyendo sus propios patrimonios.

Para bien o para mal, el fantasma de las encuestas está en el subconsciente colectivo de la ciudadanía y de los actores de la política, las elecciones municipales se pueden transformar fácilmente en una planilla de cálculos, cuando en realidad lo que se necesita son candidatos que transparenten sus intenciones como servidores de las comunidades de modo concluyente, a diferencia de favorecer sus pactos ideológicos.

Lo que más hace falta es el compromiso cercano con la ciudad y los ciudadanos, motivar a un electorado que en el 50% se declara poco o nada interesado en participar en las elecciones municipales, una situación que claramente favorece la acción de caudillos carismáticos, para ser relegidos o remplazados por alguien de su elección, oportunidades perdidas para el libre y abierto juego democrático.


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