Chocolate, remedio universal

Fecha Publicación: 8/7/2016

Sobre alimentos se puede argumentar de todo, pero parece haber uno de ellos que cruza transversalmente todas las sociedades, por encima de género, raza y confesión religiosa. Se trata de uno de los mejores regalos que el nuevo mundo le hiciera al viejo, el inefable e irresistible chocolate.

El origen de esta tentación, para la mayoría, está en México. Lo que encontró Cortés - además de una feroz resistencia, oro en cantidades astronómicas y ciudades harto más limpias que las españolas de aquel entonces- fue una sociedad de adoradores del chocolate, el cual era mezclado con una gran cantidad de condimentos, como pimienta, vainilla y especias. Se consumía en estado sólido o líquido, caliente o frío, espeso, en tazas de oro. Total, era un privilegio de las clases dominantes, nobles y soldados, estos últimos a lo mejor innobles, pero con los garrotes más grandes, lo cual es casi lo mismo.

Cortés lo introdujo sin vacilaciones en España, con clamoroso éxito de taquilla, aún para los estándares del siglo XVI. No tardó mucho en causar el efecto de una droga. Carlos V, que en esto de comer o tomar cosas no se perdía una, le agregó azúcar, con excelentes resultados para el sabor y pésimos para su salud. Prontamente, clubes de chocolateros se expandieron por toda Europa, ensayando todo tipo de fórmulas. Casi todas ganadoras. Es cuestión de hacer un repaso de los principales productores, o mirar las marcas más vendidas en los duty free. Los pueblos originarios del chocolate fueron superados y sacados de competencia por una tecnología superior y una mayor experiencia en esto de los vicios.

Las cosas podrían ser peores, afortunadamente hay ahora chocolate para todos, a título de consuelo.



PROCOPIO
 


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