La arriesgada apuesta de confiar

Fecha Publicación: 6/7/2016

En una escena de la película el Libro de la Selva, el ingenuo protagonista niño, criado por los monos, la pantera y un oso bailarín y hedonista, es atrapado por la serpiente, que lo tiene prisionero en sus anillos y para que su eventual desayuno no se ponga a gritar, llamando la atención a los colmilludos amigos, empieza a dar vueltas los ojos, en espiral, para someterlo a un tranquilizador proceso de hipnosis, con voz meliflua repite monótonamente, musicalmente; confía en mí… casi lo logra, Mowgli es salvado por un oportuno tirón a la cola de la engañosa boa constrictor, la cual cae al suelo en forma estrepitosa.

Confiar es una apuesta arriesgada, se requiere fe en el otro y de otro que se la merezca, por la consistencia de sus acciones, por lo confiable de su palabra, por la estabilidad de sus criterios, por su esencial honestidad.

La confianza es el principio de muchas cosas, sin ella no se puede emprender prácticamente nada, menos la gestión de un ser humano, como intuye genialmente un discípulo indirecto de Sigmund Freud, Erik Erikson, quien sitúa en el primer año de vida, el tiempo en el cual el niño humano resuelve esa primera crisis; confiar, si le han cuidado, si ha tenido satisfacción consistente de sus necesidades físicas y afectivas. 

No es diferente en la vida común y pública, hay personas e instituciones que son dignas de confianza y otras no, los requisitos son conocidos, el recto proceder, el valor de la palabra empeñada, el respeto a las reglas del juego, la consistente honradez. No vale el uso de técnicas hipnóticas, que terminan por ser descubiertas, no basta con pedirla, hay que merecerla.


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