Los libros gozan de excelente salud

Fecha Publicación: 2/7/2016

La creencia que la electrónica amenaza a los buenos libros tiene venerables antecedentes, mutatis mutandis, lo que decían los coleccionistas de copias realizadas una por una, acerca de los primeros libros producidos en serie; sin calidad artística, de inspiración diabólica. Gutenberg había lanzado al mercado lo que más tarde sería conocido como libros incunables, los nacidos en la cuna de la imprenta. 

Desde el primero, en 1453, se produjo una explosión, para acercar los libros a sus insaciables consumidores, gente de la iglesia, académicos, estudiosos, pero sobre todo a la burguesía emergente y sus hijos en las primeras universidades. No es de extrañar que en cincuenta años se editaran más libros que en el milenio inmediatamente anterior.

Al principio imitaron la estética de los manuscritos, más tarde con sus propios tipos, no sólo en formal latín, sino en lenguas vernáculas, no sólo para materias de naturaleza clásica o religiosa u oficial, sino para toda suerte de conocimientos. La primera gramática de castellano, por ejemplo, de Antonio Nebrija, editada en 1492, preocupado de la pureza de la lengua en vez de andar por allí, descubriendo Américas.

Como a los copistas y sus empleados que tenían el mercado para ellos solos, a los lectores de libros comunes y corrientes, les gustaría creer que nada bueno va a resultar de este nuevo invento, que los lectores de los libros electrónicos serán los mismos que ahora están chateando su vida personal urbi et orbe, que pasarán por encima de las páginas de su artefacto digital con prisa cibernética, que habrá una nueva raza de lectores de superficie más que de fondo, que los libros de verdad seguirán para la otra raza irreductible.


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