La confianza en el otro como factor clave para el desarrollo

Fecha Publicación: 28/6/2016

Se han planteado, desde los más diversos ángulos, los obstáculos a vencer para alcanzar la categoría de país desarrollado, no necesariamente como parte integrante del primer mundo, que puede tener sus propias características. De igual modo se ha repetido la necesidad de contemplar otros indicadores que los puramente económicos para ser un mejor país. En paralelo con todos esos temas, está el énfasis obligado en las personas, los destinatarios finales de tales cambios.

En términos muy concretos, no es solo el dinero y cómo este se distribuye el indicador único, superior y determinante para efectivamente estar adscritos al vagamente definido como primer mundo. Hay otros, no tan inmediatamente visibles, pero que hacen una enorme diferencia al estar en un universo o en el otro, modos de actuar de las personas, el modo de funcionar de la sociedad, los que establecen diferencias sutiles, pero decisivas.

Se ha planteado en Chile, una vez más, una discusión sobre cuáles son los desafíos que se deben enfrentar, lo que algunos han dado en llamar la tiranía del promedio, esas cifras que parecen acercarnos al umbral del desarrollo, pero como los espejismos, se alejan cuando se camina hacia ellos, por ejemplo, aquellas del Fondo Monetario Internacional, que alude a que el ingreso per cápita fue cercano a los 20 mil dólares de nuestro país.

Si bien es cierto que hay, además otras condicionantes, todas reiteradas, de productividad, inversión, desarrollo de capital humano e innovación, hay también componentes culturales y contextuales que afectan decisivamente los ritmos del avance y que de no ser resueltos pueden dejarnos, por muchos años, cerca de la puerta, pero impedidos de trasponerla.

Uno de esos factores decisivos es la confianza, la fe en el otro, en las instituciones, en el propio país y en sus capacidades. Chile muestra altos niveles de desconfianza interpersonal, institucional y sistémica, lo que resulta e incide en una población que demanda mayores regulaciones del Estado, o por lo menos, algo que la defienda, cuando se observan prácticas impropias, y dañinas para los colectivos nacionales.

Es conveniente observar que Chile nunca ha sido un país donde haya habido mucha confianza. A nivel social, la Encuesta Mundial de Valores (2010-2014) muestra que solo un 12% de los chilenos cree que se puede confiar en la mayoría de las personas, en contraste con otros países, como los Países Bajos: China, Suecia, Nueva Zelanda o Australia, en los cuales aquellos que confían superan el 50% de la población.

Visto de ese modo, Chile se ubica dentro del 30% de los países con menor confianza social del mundo, siendo el 5º más desconfiado de Latinoamérica y el más desconfiado, junto con México, de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La confianza social ha disminuido en los últimos20 años, pasando de un 22% en el año 1990 a un12% en 2011.

A principios de este año, el Séptimo Estudio Nacional de Transparencia arrojó como resultado una brusca caída en la confianza de la clase política e instituciones públicas, la más baja desde 2011, y aumentando la percepción de la ciudadanía sobre la corrupción debido a irregularidades, casos de colusión y conflictos de interés.

Una reflexión seria, de todos los actores decisivos en la sociedad chilena, no puede evadir la existencia de este muro que nos separa del primer mundo.


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