Preservar lo que es propio y atávico

Fecha Publicación: 27/6/2016

Es cierto que la modernidad es un proceso natural e irreversible, también es verdad que parte de esa modernidad es la pérdida de las identidades, confundidas en medio de modelos foráneos dominantes. Lo que no debe dejar de ser verdad es que la tradición importa, el anclaje con el pasado, con la patria, en el sentido de la tierra de nuestros padres. 

Hay remanentes de la forma de vivir en la ciudad, cada vez menos, pero los que luchan por hacerlos sobrevivir lo hacen porque, aunque sean pocos, hay un interés residual, que a veces es lo suficientemente poderoso como para luchar contra la corriente. Posición que se puede describir como alternativa a ser emparejados por una cultura ajena, universal y común, que nos haga borrar lo que es propio, para adoptar lo que es anónimo y de todos.

Una de estas instancias que logran permanecer, son las Ferias Campesinas, que otrora proveedoras tradicionales, son ahora una mirada al pasado y, al mismo tiempo, una opción de consumo que cada vez tiene más significados. Desde el inicio fueron posibles en la medida que las familias dueñas de pequeños campos o parcelas, superaban la etapa de producción para el autoconsumo y tenían la oportunidad de comercializar sus productos y competir con los grandes productores, ofreciendo un artículo cada vez más preciado, el de la agricultura orgánica.

El traslado a sitios específicos de la ciudad trae aparejados otros elementos asociados, de orden cultural o costumbrista, un potente agregado que cumple con dos objetivos primordiales; mostrar la riqueza de la cultura rural, con sus tradiciones y folklore, con la diversidad y calidad de sus productos y al mismo tempo insertar a los agricultores en el mercado, a través de la producción y comercialización de un producto sano y ecológico, que demuestra la posibilidad competir en el mercado en armonía con su naturaleza.

En lo que a esta región respecta, esta iniciativa está representada por la Feria Despertar Campesino en el sector de Collao, que agrupa a pequeños agricultores de Santa Juana, Hualqui, Florida, Yumbel y Cabrero, allí concurren más de treinta los campesinos que desempeñan labores en esta feria. Para los usuarios habituales, ya son parte del paisaje, para los recién llegados, resulta interesante descubrir que llevan en esto más de sesenta años, en el mismo sector, con igual perfil.

Sin embargo, como suelen ser estas cosas en nuestro país, el desarrollo de esta forma de comercio queda librado a la buena voluntad de los participantes, con el riesgo de alterar sus fundamentos, perdiendo identidad o capacidad de competir, sin la posibilidad de agregar valor a lo que ha sido un modo insustituible de mantener un vínculo con la chilenidad regional.

La autoridades regionales tienen todas las competencias para transformar esta feria en un potente foco económico y cultural, asegurar las técnicas ecológicas y limpias, promover productos que se podrían perder en el mercado masivo, apoyar a los campesinos y sus familias para interactuar con el mercado, generando un aumento en los ingresos familiares mediante la venta directa y contactos comerciales, a título de ejemplo. 

Las proyecciones son interesantes, desde la cultura al turismo, además de proteger un sector de la población que a su propio estilo emprende y contribuye a la productividad e identidad regional. 
 


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