Eficaces procesos anticorrupción

Fecha Publicación: 22/6/2016

Psamético III fue el último faraón de la dinastía XXVI, con un nombre así era utópico que no hubiera sido de ese modo. La historia tuvo como intermediario, para no seguir con esos nombres confusos, a Cambises, o algo más pronunciable, quien se encargó de derrotar al anterior, dando así comienzo, a la dinastía persa de faraones.

La primera cosa que llamó la atención a este rey, digno sucesor de excelentes administradores de Mesopotamia, fue el patético desorden de la cosa pública en el territorio del Nilo. Puso en marcha la pesada y ubicua maquinaria persa, nombrando varios gobernadores para imponer el orden y magistrados para imponer justicia, independientes entre sí y dependientes del faraón.

Uno de estos gobernadores solicitó una audiencia con Cambises para denunciar a un magistrado cuyas sentencias no dependían de los hechos y las pruebas, sino de argumentos monetarios que los litigantes podían disponer para su propio uso y disfrute: la justicia se movía según montos de sobornos. El faraón, perplejo porque se trataba de un hombre de su confianza, e indignado porque este ejercía justicia en su nombre, envió a uno de sus hijos a darle una mirada a lo que ocurría, quien pudo confirmar que había corrupción.

Cambises se presentó en el lugar y sin mayor trámite ordenó que el funcionario fuera desollado vivo. Para que todos recordaran ese infeliz acontecimiento puso la piel del magistrado sobre la mesa donde se impartía justicia, un recordatorio gentil a los tentados de siempre. No se supo de otros con malas prácticas. Es una pura pena que con el paso del tiempo de se haya extraviado ese elocuente mantel. 
 


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