Siembra de vientos, cosecha de tempestades

Fecha Publicación: 20/6/2016

Se tiende a olvidar que hay ciertas leyes, no necesariamente escritas, que incluso pueden ser desconocidas pero operan con exactitud, como la gravitación universal, otra puede ser la de acción y reacción. Es esta última la que ha escapado, aparentemente, a los grandes diseñadores de las reformas, no calcular apropiadamente la reacción de aquellos que tenían que recibir la mayor parte del impacto, lo que sería un error a reconocer.

Lo anterior, si se elige la vía del razonamiento sin dobleces, o la óptica de la ingenuidad, porque también puede ser que deliberadamente se haya generado una acción de gran fuerza, empoderar a sus beneficiarios de tal manera que sea imposible revertir las dinámicas impulsadas, sin considerar costos o factibilidades. Si de eso se tratara, el gobierno tiene la obligación de demostrar que no es esa la intención y poner las reformas en el marco de lo posible. Un ejemplo puede ser el ofrecimiento de la gratuidad en la educación superior, con el solo condicionante de que las casas de estudio sean estatales, un tanto a contrapelo, públicas, pero en todo caso, sin lucro.

No importan las explicaciones posteriores, ante la irritante presencia de la realidad, que no alcance la plata, que los impuestos no han rendido lo que se esperaba o la crisis mundial, lo que prevalece es la idea de la gratuidad, no importa cuántos colegios haya que demoler para convencer al gobierno que debe cumplir su promesa. Por mucho que éste reclame que su intención original era la implementación gradual, razonamiento inválido para políticos juveniles que actúan con la lógica inmediatista de la infancia, que quiere todo ahora mismo. 

Las declaraciones triunfalistas al inicio de la actual administración, particularmente la del uso de retroexcavadoras, dejó claro que los cambios serían globales y en plazos breves. En las palabras de la Primera Mandataria (fin de 2013): "una reforma que asegure una educación pública, de calidad, gratuita, sin lucro e integradora, en el convencimiento que la educación es un derecho social y no un bien de consumo, reforma tributaria para generar los ingresos permanentes para políticas sociales prioritarias, como salud y pensiones".

Las promesas han sido tomadas literalmente por colectivos nacionales, estimulados por políticos de carrera impaciente, más jóvenes ideólogos llenos de voluntad y vacíos de realismo, quienes, al contrastar el programa con los avances, especialmente en la reforma educacional, salen a la calle, lo cual están en su derecho, aunque con agresiones y daños, más actos delictuales, para lo cual no hay derecho alguno.

Ante las fechorías y destrozos de los bienes que las instituciones han provisto para la mejor educación, sin valorar su significado, bastante más allá que solo el dinero, las autoridades claman por aclarar las responsabilidades y reiterar la bien poco convincente declaración de aplicar el rigor de la ley a los que resulten responsables. Los padres y apoderados, enfrentados a la posibilidad que les obliguen a responsabilizarse por las conductas de sus menores, llaman a tomar control de sus propios hijos e hijas, que parecen estar transitando por su cuenta y riesgo. Es esa otra, sino ley, por lo menos conclusión de la sabiduría humana más vieja; el que siembra vientos, cosecha tempestades. 


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