Entre sana ambición y tóxica codicia

Fecha Publicación: 20/6/2016

Querer ser más de lo que somos, tener más de lo que ahora tenemos, ambicionar, tener aspiraciones, no tiene nada de malo, pero sus parientes cercanos son huidizos y solapados. Para empezar, la ambición que está hecha del mismo material con el que se tejen los sueños, primera parada sugerida; de qué se hacen los sueños, ya que suelen ser fantasiosos e irreales, o en estado de vigilia, con tendencia a no sopesar adecuadamente la realidad.

Pero, si despierto se sueña y la conciencia está atenta y vigilante, entonces el sueño se transforma en proyecto y éste tiene la obligación de tomar en cuenta lo que es en realidad posible. Sin ocultar dificultades, se transforma en un poderoso motor que desafía la lógica y la razón, los que se atreven a actuar son capaces de cambiar su realidad y sus circunstancias, de allí que la ambición que surge de un sueño puede ser un insustituible agente de transformación.

La ambición puede aportar muchas cosas positivas, invita a la superación a mirar más lejos, a pensar en grande, a veces, a lo que es porrazo, puede enseñar a ser más humildes, sin embargo, hay que recordar- segunda parada- que entre sus relaciones habituales se encuentran la codicia, la insatisfacción y el egoísmo; cuyos venenosos y ruines consejos pueden arrastrar a lugares sombríos, poblados de malas compañías.

Esas son las dos caras de la ambición; un rostro luminoso que lleva a la superación y otro oscuro que lleva a rutas dudosas y a malas prácticas, que impulsa a pasar por encima de valores, incluso por encima de la ley, a perder familias y amistades, seducidos por los cantos de sirenas , inadvertidos de los siempre presentes arrecifes. 


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