El desafío de incentivar la lectura en la era de la comunicación digital

Fecha Publicación: 12/6/2016

Nada de aquello está al alcance del que no quiere leer e ignora cuánto se puede disfrutar una buena lectura. Por tanto la tarea es enseñar a ver con otros ojos, aprender a motivar y encantar, para que muchos lleguen a descubrir el valor de lo que se están perdiendo.
 

 

Es muy posible que el concepto de analfabetismo deba ser sometido a un análisis más profundo, a la luz del avance de los tiempos, que está dibujando un perfil del mundo que no corresponde a los retratos de hace tres o cuatro decenios, que leer y escribir no sea ya la competencia elemental suficiente como para abandonar la lista de quienes son esencialmente iletrados. 

Los resultados de la última prueba Simce no producen sorpresa alguna, excepto para quienes piensan que, frente a estos pobres resultados, lo más razonable sea romper la vara de medir, extrañados que los diligentes administradores políticos de la educación no hayan todavía eliminado ese instrumento discriminador y posiblemente obsoleto, que no hace otra cosa que atentar contra la autoestima de los niños y desmejorar nuestra imagen internacional.

Sin ironía, el recurso más elegante frente a las malas noticias, la verdad pura y dura, es que los jóvenes no saben leer o no entienden lo que leen y que párrafos completos parecen no tener sentido, por tanto, están incapacitados para seguir instrucciones por ese medio, o saber qué hacer con un manual de instrucciones, acostumbrados a usar nuevas tecnologías, especialmente de comunicaciones, a pura intuición, mediante ensayo y error, técnica inaceptablemente riesgosa en el mundo real.

Lo concreto de esta situación, es que se está evaluando alumnos que ya han terminado sus primeros 8 y 10 años de estudio. Todo ese tiempo no ha sido suficiente para alcanzar las competencias esperables, por ejemplo, la capacidad lectora. Los expertos han expresado preocupación, particularmente debido a la baja que han tenido los alumnos de segundo medio, en la última década. El puntaje promedio de 2015 es de 247 puntos, lo que refleja una disminución estadísticamente significativa respecto de la medición anterior. Considerando el período 2003-2015, se observa una disminución de 6 puntos a nivel nacional, asociada principalmente a una baja de 12 puntos en los resultados de los hombres.

Puede haber toda suerte de aproximaciones académicas al respecto, pero basta con observar el comportamiento de personas de toda edad, especialmente de los más jóvenes, en momentos de espera de cualquier orden, cabizbajos, con la vista clavada en las pantallas de sus celulares. Es raro verlos con periódicos o libros.

La comunicación instantánea cumple con objetivos diferentes a la comunicación literaria, ambos contienen información, pero la profundidad de los contenidos es diametralmente opuesta, la literatura lleva implícita la creación intelectual de un semejante, sin consideración de tiempo histórico, que tra ta de ser compartida con un par que no conoce, interlocutores separados, a veces, por lapsos de siglos y, sin embargo, parte de la continua saga de la mente humana.

Nada de aquello está al alcance del que no sabe ni quiere leer -ojos que no ven corazón que no siente- por tanto, hay que enseñar a ver para darse cuenta del valor de lo que se pierde por no haber mirado.

Si las modalidades de enseñanza no son capaces de incentivar la lectura, sencillamente no están funcionando. El analfabetismo funcional, no entender lo que malamente se lee, es una barrera importante para el desarrollo, no es factible insertarse adecuadamente en el mundo laboral productivo sin esa elemental herramienta, ni es posible tener una sociedad madura con parcialmente analfabetos.


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