La dignidad de la persona humana

Fecha Publicación: 11/6/2016

Se supone que en el estado de civilización que se ha alcanzado, algunos bienes fundamentales estarían a lo menos en estado de régimen, como podría ser el respeto a la dignidad de la persona humana, pero no siempre ocurre.

Es cierto que el concepto ha cambiado notablemente, desde la dignitas en la sociedad de la antigua Roma, hasta que llegara a ser incorporado en la cultura cristiano-occidental, que en lo básico consistió en transformar una conquista individual en un bien inherente a la condición humana.

Para los romanos, irritantes personajes que hasta la fecha se meten en nuestros asuntos, la dignidad respondía a méritos en una forma de vida, tanto en la esfera política como en la moral. Pertenecer a la nobleza romana, tener adecuados antepasados, deseablemente un racimo de cónsules, de generales, uno que otro héroe, si no fuera mucha la molestia, confería más brillos a esa dignidad, pero aun así ésta podía aumentarse, rebajarse, perderse, restituirse. La dignidad era entonces un logro personal que, por un lado, daba derecho a un poder y, por otro, imponía un deber.

La evolución de este concepto a través de la historia del pensamiento occidental lleva a la conclusión de que la dignidad humana no puede ser fruto de una conquista, pues serían muchos los que, conforme al parámetro establecido, no la alcanzarían. La dignidad es intrínseca a la persona humana en razón de lo que es específico de su naturaleza: su ser espiritual. Esta dignidad es más que moral, más que ética, más que psicológica: es constitutiva del ser humano. 

Lo que no termina de entenderse, es que esta condición debe ser protegida, pero tiene una condición implícita, el deber de seguirla mereciendo, la antigua y valedera sombra de la dignitas.


PROCOPIO
 


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