El uso engañoso de lo políticamente correcto

Fecha Publicación: 5/9/2015

No es de larga data la invasión en el lenguaje corriente del término "políticamente correcto", para dar a entender lo que es adecuado decir y por exclusión, las palabras, primero sencillamente incorrectas y más tarde amenazadoramente prohibidas.

El origen de este vocablo se encuentra en una hipótesis filosófica débil y, por lo tanto, tan difícil de confirmar como de desmentir, que proclama que toda lengua conlleva una visión específica de la realidad y así determina al pensamiento, el modo de decir las cosas puede hacer cambiar el modo de pensar. 

En una conferencia, el catedrático de Lengua Española de la Universidad de Oviedo, José Antonio Martínez, señala que el lenguaje políticamente correcto se ha desplazado a otros ámbitos: la enfermedad y las discapacidades, los estragos de la edad, la pobreza, el racismo, entre muchos otros, que han adoptado palabras que les ocultan. Se ha multiplicado en el discurso de los políticos de todas las tendencias y se ha propagado en muchos de los medios de comunicación. 

El mismo autor señala que el principal reproche que se le puede hacer a esta forma de lenguaje es que el concepto actual de lo políticamente correcto se ha convertido en una enfermiza ocultación de la realidad mediante eufemismos y ha servido para hurtar la información y maquillar la cara más dura de la realidad. El eufemismo amortigua y transforma, por ejemplo, un desolador despido masivo, en un técnico reajuste laboral, un drogadicto, es un ciudadano casi sin problemas si se le nombra como usuario de sustancias adictivas, la dura realidad del aborto, casi se desdramatiza en la perífrasis interrupción voluntaria del embarazo.

Sin embargo, lo políticamente correcto puede con toda facilidad escapar del dominio de la compasión y la estética, mediante eufemismos protectores y recurrir al uso reiterado de eufemismos estandarizados y sistemáticos con el propósito deliberado de distorsionar la realidad y ocultar claras lesiones a valores que se consideran inmanentes en cualquier sociedad sana, como, por ejemplo y simplemente, decir la verdad.

Los continuos desencuentros entre los grandes actores de la política, ha puesto en evidencia el uso abusivo de las frases políticamente correctas, ya no para preservar la dignidad o evitar la innecesaria ofensa, sino más bien para ocultar la verdad, para evitar dar la cara, o no poner las circunstancias claramente sobre la mesa. La comunicación sincera se ha venido transformando en mensajes cifrados, en un intento deliberado de mostrar como transparente lo que es en realidad incomprensible.

Lo que pudo haber sido un intento exitoso para sacar del lenguaje común expresiones que, para determinadas circunstancias y personas, parecían ser injuriosas, crueles o vejatorias, se ha venido transformando, en el mundo de la política, en el fácil recurso de usar eufemismos para usos engañosos; para disfrazar lo falso de auténtico, para el ocultamiento del actuar doloso. 

La cuidadosa construcción de eufónicas frases políticamente correctas, se ha transfigurado en hábil maniobra para salir bien librado de cualquier cosa, del mal proceder o de la negligencia culpable, sin mencionar otras posibilidades, como aquella de describir livianamente y sin carga moral alguna, un error que ha significado al erario nacional sumas cuantiosas.

Es el momento de revisar con harto más cuidado ese falso lenguaje, cantos de sirena que invitan a no percibir la falta grave en el recto proceder.


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