Consecuencias del orgullo

Fecha Publicación: 7/6/2016

Había una vez un sátiro llamado Marsias, de la disoluta y peligrosa familia de los sátiros, eternos bebedores de vino y perseguidores incansables de doncellas, o no tanto, dependiendo de las existencias del recurso en el momento. En este caso, se trataba de una especie mutante, porque era una criatura de los bosques, mitad hombre, la mitad de arriba, y macho cabrío, la otra mitad, puede ser que a lo mejor, con las mitades invertidas, las cosas no hubieran marchado tan mal, pero así estaba el asunto en ese momento. La historia es que este ser, en vez de andar de fiesta permanente, con la alcoholemia por las nubes, detrás de chillantes señoritas, cuidaba a los pastores y a sus rebaños, pacíficamente, siendo además un eximio tocador de flauta. Hasta ahí vamos bien.

Lamentablemente, el hecho que hasta los ruiseñores se quedaran admirados, sumándose al respetuoso silencio en todo el bosque para escucharlo cuando tocaba, le hizo perder su, a lo mejor, natural modestia y empezó a decir que tocaba mejor que nadie, con tanta insistencia y desmesura que las noticias llegaron a los oídos de Apolo, Dios además dotado de sublimes competencias musicales, nada dispuesto a ser ninguneado y menos por un mortal de patas peludas. Hay que ser objetivo, el sátiro se superó a sí mismo, fue una interpretación maravillosa, pero cuando Apolo pulsó su cítara, el jurado se dio cuenta que entre los habitantes del Olimpo y los terráqueos había una distancia astronómica.

Ganó Apolo, por lejos, y le sacó la piel a Marsias, como estaba implícito en la apuesta, una consecuencia, con versiones modernas, para los que se sobrestiman al momento de competir.


PROCOPIO


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