Escuchar, razonar y después legislar

Fecha Publicación: 5/9/2015

Hay otro signo que parece no advertirse; aunque los cambios en la educación tienen un rechazo mayoritario, éste ha disminuido, con el solo hecho de llegar a acuerdos, de escuchar a los actores y modificar los ripios más agudos.

No es fácil de comprender el motivo por el cual el Gobierno presta a la opinión pública oídos sordos, a menos que para las altas autoridades políticas y administrativas del país las encuestas no sean la voz del pueblo, concepto este último por definir, sino de otro segmento, por exclusión, otro pueblo, razón por la cual, lo que digan las encuestas no importa. 

Habría otra base de opinión, no escuchada por el resto de los mortales que expresa, en lo relativo a todo lo que sucede, una opinión distinta y notablemente favorable al Programa de Gobierno y la actuación de sus representantes y sea esa un poderoso motivo para insistir con fuerza a pesar de turbulencias y críticas.

Puede ser que ese pueblo, el que desea las reformas tal y cual estaban originalmente se encuentre en algún punto del futuro, invisible para los actuales ciudadanos corrientes, que no están capacitados para interpretar las fuerzas de la historia. Aparte de esa posibilidad, la misma historia demuestra, repetidamente, que los cambios estructurales impuestos son tan duraderos como la fuerza que los impone y tienden a regresar a puntos de equilibrio cuando las circunstancias cambian. Otras veces no se espera que la fuerza buenamente desaparezca, sino que se oponen a las propuestas resistencias tenaces con daños para el país en su conjunto, que en esos desencuentros pierde energía que estaría mejor empleada en desarrollarse.

Si se presta atención, desapasionadamente, hay mucho de justo en la reformas propuestas, pero también mucho de innecesaria amenaza, excelentes oportunidades y enormes riesgos, todos comprometiendo tiempos significativos del futuro, con el factor condicionante de ser Chile un país que está en proceso de cicatrización, con asuntos pendientes, con traumas que afectan de modo diverso a las personas, compartiendo la patria con otros connacionales que no saben de este pasado próximo, ni les interesa.

Hay otro signo que parece no advertirse; aunque los cambios en la educación tienen un rechazo mayoritario, éste ha disminuido, con el solo hecho de llegar a acuerdos, de escuchar a los actores y modificar los ripios más agudos. En consecuencia a esta realidad, aunque puede que no sea exactamente por ese motivo, la ministra de Educación, Adriana Delpiano, aseguró el mes recién pasado que el proceso de desmunicipalización -iniciativa que forma parte del futuro proyecto de Nueva Educación Pública- podría durar hasta dos períodos alcaldicios.

En sus propios términos, la iniciativa, "tendrá un primer año muy experimental, con no más allá de cuatro servicios locales ubicados en zonas diferentes, que nos permitirán ver cuáles son las experiencias", se agrega la observación que dada la gradualidad que tendría la ejecución del proyecto de ley, el 98% de los alcaldes seguirá administrando sus colegios durante los próximos cuatro años.

Aun así, es dable preguntar si está todo tan claro para que esa gradualidad empiece a caminar, ya que de no ser así, el inicio será un presente griego para las entidades que tengan la responsabilidad de la inauguración de un sistema que contempla entidades inéditas, sobre las cuales se conoce poco o nada.

Como una manifestación de fe, se debería confiar que se han tomado los debidos resguardos para que las cosas funcionen como es debido en los colegios elegidos para la marcha blanca, ya que los objetos de la experimentación son los niños, muchos de los cuales ya han sufrido bastante con las consecuencias de esta reforma en evolución.


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