El gran valor de la comunidad humana

Fecha Publicación: 6/6/2016

Aunque por más de una experiencia desagradable den a veces ganas de aislarse de la multitud, o al menos de los grupos numerosos de semejantes, por encima de todo está la naturaleza gregaria de la especie, como recurso insustituible para seguir vivos en un planeta diseñado para poner a prueba los más vulnerables. 

Ha sido justamente la asociatividad lo que ha permitido que algunos de nosotros continúe visitando el planeta, a pesar de abundantes talones de Aquiles, utilizando alguna de nuestras escasas fortalezas para negociar nuestros sitios seguros, nuestros lugares bajo el sol.

Vivimos en consecuencia en comunidades y cada una de ellas, no importando sus características a pesar de diversos fines y diferentes reglas, tiene como principio, sujeto y fin la persona humana. Algunas comunidades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre, son de más cercana necesidad, otras, porque sin ellas no podría arreglárselas, pero más a contrapelo, como la creación de asociaciones para fines económicos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales.

Sin embargo, la sociedad humana debe ser, ante todo, una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, a comunicarse entre sí , a defender sus derechos y cumplir sus deberes, a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos.

Para los valores imperantes en muchos de nosotros, esta es una letanía que ha perdido sentido, pero cuando sí lo tenga, entonces quiere decir que lo hemos recuperado.

 


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