Desenmascarar la debilidad moral

Fecha Publicación: 3/6/2016

No siempre las conductas observadas en los hombres y mujeres permiten diagnosticar con exactitud que subyace en cuanto a sus sentimientos, cuanto de su carácter puede revelarse en sus modos de comportamiento, ya que a veces, asunto que mantuvo ocupadísimo a Sigmund Freud, lo que se muestra es justamente la antítesis de lo que se siente, como bravucones en grupo y perfectos alfeñiques en su vida privada, matones en el hogar y ovejas en su trabajo, por dar un par de ejemplos.

La debilidad es una de las condiciones que la mayoría de nosotros trata de ocultar, en general, por buenas razones, ya que desde la infancia mostrar un perfil de poco poder es una clara invitación al inmediato abuso por parte de los otros. 

Se puede ser débil de varias maneras, la más inmediata corresponde al latín, de debilis, falto de fuerza, puede ser igualmente consecuencia del agotamiento, en cualquier caso pasajero, ya que se pasa con solo descansar. Otras formas de debilidad responden a otras causas, de pasajeras a permanentes, el resultado de una enfermedad en curso u otra que no hace otra cosa que agravarse.

Sin embargo, hay otra, la más compleja de definir, la más enmascarada, la debilidad moral, que caracteriza el carácter de una persona, débil frente a lo demás y peor aún, débil ante sí misma, incapaz de superar sus instintos primarios, esclava de sus propios deseos. Es el que abusa del débil, un matón con pies de barro, agrede a niños, a mujeres, el más peligroso; el maltratador pusilánime. En la medida que sus comportamientos se hacen evidentes, la sociedad empieza a crecer en habilidades para reconocerlos, pésima noticia para ellos, excelente noticia para todos los demás.



PROCOPIO


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