No sabemos cuánto hemos perdido

Fecha Publicación: 29/5/2016

Preservar el patrimonio no es exactamente una preocupación contemporánea, en realidad es muy anterior a descubrir la pólvora. Hay muchas instancias, más que un granito de arena lo aporta, casi indirectamente, el incansable San Benito, con su monumento más representativo; el monasterio Monte Cassino, a cualquiera le habría bastado, pero no a este noble varón célebre fundador de monasterios, no podía evitarlo, por docenas, casi a su pesar por querer vivir en paz.

Por extraña coincidencia ese monasterio se funda el año 529, el mismo año que el emperador Justiniano promulgó un decreto que ordenaba el cierre de la Academia fundada por Platón y que había funcionado sin interrupción por casi mil años, significaba eso el fin de la enseñanza griega en Occidente, para ser reemplazada por las nuevas instituciones educativas escolásticas, como se dijo en su tiempo "no crecería ninguna planta excepto las que germinaban y crecían en el claustro".

Los establecimientos benedictinos por toda Italia y resto de Europa, asumieron la tarea de organizar, ordenar, clasificar y copiar los restos que se salvan de los incendios, saqueos o de la ignorancia destructora químicamente pura. A ese esfuerzo le debemos prácticamente todos los textos que han sobrevivido. Esos monjes copiando curvados sobre sus atriles letras y líneas que a veces ni siquiera comprendían, dibujando laboriosamente pájaros y flores entrelazadas y multicolores en libros de matemática o arquitectura. Para volver a copiar de nuevo, las copias que el tiempo deterioraba o por las tintas que se esfumaban con la humedad o la luz.

Ese fue el primer banco de datos, se perdieron datos y bancos, se siguen perdiendo, por lo menos ahora nos preocupa más. 


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