La sacralidad del patrimonio urbano

Fecha Publicación: 25/5/2016

No es una palabra nueva, es un neologismo; una lengua muerta para definir un concepto moderno, aunque sea detestable: "urbicidio", nacido en la década de los años sesenta para hacer referencia a los asesinatos de las urbes, como ejemplo extremo: los ataques realizados a las ciudades en la segunda guerra mundial; entre otras, Varsovia, Berlín, Tokio y, sobre todo, Hiroshima y Nagasaki.

Los primeros ejemplos de las ciudades citadas sufrieron hechos de violencia en tanto escenario de la guerra o como ciudades de la guerra a las que había que destrozar; mientras los dos segundos ocurrieron como parte de una ofensiva que buscaba mostrar la supremacía de una cultura sobre otra. El caso de Guernica, capital cultural e histórica vasca, también tuvo lugar como forma simbólica del poder central.

Se le ha descrito como el asesinato litúrgico que viven las urbes, cuando se producen agresiones realizadas con premeditación, orden y forma explícita. Se trata de una estrategia militar con objetivos culturales y políticos para acabar con la identidad, los símbolos y la memoria colectiva concentrada en las ciudades.

Más solapadamente, el fenómeno sigue ocurriendo, sin tanto estrépito, pero con iguales y feroces consecuencias a largo plazo; el asesinato de las ciudades y su patrimonio. Acciones que arrasan los lugares significativos de la vida en común: áreas verdes, colinas arboladas, humedales, vertientes, o edificios históricos.

Algunas empresas urbanísticas tienden a pasar por encima de estas bagatelas, salvo que los municipios sean lo suficientemente probos como para multarles a tal grado que sea más barato respetar a la ciudad que llevársela por delante.


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