Y ese mar que contaminado te baña

Fecha Publicación: 20/5/2016

Ya es tiempo que algunas ingenuidades, mantenidas por conveniencia, sean eliminadas definitivamente de la argumentación; ya está bueno que se deje de creer que el mar se lo puede llevar todo, que es capaz de diluir, procesar y transformar en compuestos benignos, o al menos inofensivos, toda suerte de substancias que tengamos la voluntad de arrojarle, no es efectivo que pueda actuar como una gigantesca y perdonadora alfombra de agua salada bajo la cual se pueda esconder todo lo que nos moleste o sobre.

Sin embargo, por siglos ha sido esta una misión que el hombre exige y que el mar no puede cumplir. Hidrocarburos, metales pesados, aguas fecales, productos químicos, materiales radioactivos, toneladas de plásticos, chatarra son vertidos como si fuera ese un ciclo natural. Si bien es cierto que el mar dispersa, diluye y degrada, su capacidad tiene un límite, sobre cuando la capacidad de contaminación del hombre no lo tiene.

Las aguas marinas en Chile son afectadas directamente por la descarga de aguas residuales domésticas e industriales y las derivadas de actividades agrícolas o forestales, que llegan directamente al mar, sin tratamiento adecuado, en las principales ciudades costeras, o en forma directa a través de las 27 hoyas hidrográficas que reciben a su paso descargas, que varían según las regiones, el norte con la actividad minera, el centro con la actividad manufacturera y agrícola, el centro sur con la actividad agropecuaria y forestal, y el sector austral con la acuicultura y la pesca extractiva, cada una de estas actividades con su propia y malvenida oferta de desechos y contaminantes.

Es un tema presente con devastadora rutina, que ha alcanzado ribetes de catástrofe en el sur, en la condición de marea roja, un aumento de la población total de algún tipo de microalga, que generalmente es debido a diferentes factores oceánicos como temperatura, luminosidad, salinidad y corrientes, pero donde también pueden estar involucrados otros factores como la contaminación del mar producida por el ser humano.

Es ocioso insistir en la importancia que tiene para Chile la actividad pesquera. Desde un punto de vista de productividad, nuestra costa es especialmente privilegiada; por un lado, su extensión de más de cuatro mil kilómetros y, por otro, el sistema de corrientes imperantes, sumado a una fuerte actividad de surgencias, lo cual genera índices de productividad hidrobiológica que se encuentran entre las más altas del mundo.

Como no ha dejado de estar presente en la realidad cotidiana, de seguir actuando como ha venido sucediendo, la salud del mar corre el riesgo de quedar dañada para siempre. Los hidrocarburos, por ejemplo, por no ser miscibles con el agua, flotan formando una capa de espesor variable, que se mueve al ritmo de las corrientes marinas o se deposita en el fondo, con efectos fatales para las especies marinas y, eventualmente, para la salud de las personas. 

Hay que recordar, sin embargo, que con menos espectacularidad, día tras día, la mayor parte de esta contaminación proviene de tierra y que reducirla es una obligación urgente, tenemos instituciones que están a cargo de este tipo de problemas, de allí debe provenir la dinámica que resulte en aumentar el control sobre los vertidos urbanos, industriales y agrícolas, no con más letras o artículos, sino con más acciones eficaces, para dejar un mar vivo a las futuras generaciones.
 


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