Memorias de una vieja Carta Magna

Fecha Publicación: 12/5/2016

Le tengo cariño a mi vieja Constitución. No me refiero a "la" Carta de 1980, fraguada en Dictadura y que con múltiples reformas sigue vigente hasta hoy, sino al librito que compré en abril de 1990 en Librería Paz, para mis clases de educación cívica en el colegio.

Allí adquirió múltiples subrayados de colores, anotaciones en las esquinas y más de alguna frase repasada con lápiz pasta, entre ellas mi favorita: "Los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Supe, varios lustros más tarde, que se reemplazó "hombres" por un más adecuado "personas". No me molestaría que la nueva Constitución volviera a partir por esta sabia fórmula, sobre la que debería levantarse cualquier ordenamiento jurídico que se precie de decente. 

Otro artículo que me llamaba poderosamente la atención era el 8°, no por lo que contenía, sino por lo que callaba. La palabra "Derogado" (en virtud de primera reforma de 1989) ocultaba una de las normas más controvertidas de la Carta, que perseguía todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atentaran contra la familia y que promovieran una concepción de la sociedad basada en la lucha de clases. Un artículo así, peligrosamente interpretable, no podía sobrevivir en una democracia, ni siquiera en una "sietemesina" como la que comenzábamos a vivir. 

No podía incluir tampoco, mi apolillada Carta Magna, el segundo párrafo del art. 3, incorporado en 2005, que "invita" a los órganos del Estado a promover la regionalización y el "desarrollo equitativo y solidario entre regiones, provincias y comunas". 

A la luz de los hechos, este segundo párrafo me parece tan invisible hoy, como lo era en 1990. Es de esperar que, de cara a la nueva Carta, el legislador remarque el párrafo de marras con lápiz pasta, de tal forma que esta vez no olviden llevarlo a la práctica.



PIGMALIÓN 
 


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