Superstición o falsas esperanzas

Fecha Publicación: 23/4/2016

Siempre hay, especialmente en tiempos de confusión, un amplio espacio para la superstición y, por lo tanto, un nicho muy atractivo para los que lucran con los bobos, o ingenuos, que también puede ser. Aunque sin ser sarcástico, en ese grupo también hay cabida para las almas simples y las mentes limpias. Esos que dejan la vida en manos del destino, siendo así como llaman los hombres a lo que les sucede cuando han dejado se luchar. 

Esta última frase preciosa la he leído en Historia del rey transparente, de Rosa Montero, una novela cuya trama ocurre al medio de la edad media, donde el fenómeno de la superstición vivía feliz de la vida en medio de guerras eternas, cruzadas, luchas intestinas, cortes del buen amor, torneos y la vida en colores para unos pocos y la vida miserablemente ínfima y piadosamente breve para los muchos más sin tanta suerte. Nacidos en el lado incorrecto de la rueda de la fortuna, que para entonces estaba un tanto clavada.

A los villanos y campesinos no les quedaba otra que tener fe, creer en un destino mejor ofrecido por los sacerdotes que les consolaban con glorias por venir y les instaban a trabajar con humildad y ahínco para los nobles. De paso, como emprendimiento diversificado, vendían indulgencias y perdonazos, se podía eliminar culpas por un precio razonable y adquirir además algunos blindajes adicionales invirtiendo en reliquias. Había de todo, frasquitos conteniendo aliento del burro que llevo la sagrada familia a Belén, trozos de la lanza usada para torturar a Cristo en el Gólgota, un respetable surtido de huesos de santo.

Para el estado de la situación sería muy bienvenido reponer el stock, no faltarían clientes.



PROCOPIO
 


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