Los libros no muerden

Fecha Publicación: 21/4/2016

Los libros siempre han sido objetos dignos de atención, desde la invención de la escritura. Dejar algo escrito, como testimonio, ojalá indeleble, de lo que hemos experimentado, es una tentación difícil de resistir o mejor, una necesidad.

Si se estaba a cargo de la contabilidad del producto de las crecidas del Nilo, de poner esta información en elaborados jeroglíficos en impecables papiros. De imprimir en tabletas de arcilla el último inventario de impuestos recibidos por el emperador babilónico de turno. Pero simultáneamente, la aventura personal de escribir lo que desbordaba el corazón o el cerebro de más de alguno.

Necesariamente escrito y copiado a mano, por lo tanto era un enorme privilegio tener un libro. Ya lo era ser capaz de leerlo, competencia reservada sólo a poquísimos. El reconocimiento temprano de esta situación, puso a los libros en un orden especial de las cosas, servía para compartir conocimientos entre los iniciados. Desde antes del libro como lo conocemos ahora, desde los tiempos de los pergaminos o los papiros o los signos en las piedras.

Lo dicho se resume a lo siguiente, poco material, pocos usuarios, tremenda exclusividad, lejos de la mass media o los medios masivos de comunicación del lenguaje escrito. Una situación insostenible, salvo para aquellos que ponían a disposición de los pocos que podían pagar el precio, estas joyas de lenta producción, generalmente por encargo y lista de espera.

Ahora que está por todos lados, se les olvida, desplazados por pequeñas pantallas, que se prenden y apagan, perecibles, con mensajes que difícilmente estarán por allí lo que duran los libros, son estos y no aquellas los custodios de la memoria.
 


  Imprimir noticia   Descargar versión PDF