El informativo sabor de las cosas

Fecha Publicación: 17/4/2016

Con la punta de la lengua gustamos de lo dulce, los amargos con la parte posterior, las agrias con las partes laterales y lo salado con toda la superficie de la lengua, que es como un reino dividido en comarcas de acuerdo al talento principal de sus residentes. Un mismo sabor que recorra esas diferentes comarcas será reconocido en ellas de modo distinto, de ahí el ejercicio sibarítico de pasear los alimentos y los bebestibles por todos lados, para paladearlos, como se dice injustamente, ya que el paladar no tiene estos receptores. Un cubito de azúcar puesto debajo de la lengua, no es lo mismo que sobre la misma. Basta ver a un niño con un caramelo, para saber por dónde hay que proceder.

El umbral más bajo es para el sabor amargo, está en la parte más posterior de la lengua, como último recurso de defensa para substancias posiblemente venenosas, con reacciones defensivas asociadas, como la nausea, por ejemplo. El amargo es un sabor que hay que cultivar, cosa de grandes, aprender a vivir peligrosamente. 

La distinción entre cosas dulces y amargas es muy importante, antepasados nuestros, viviendo en condiciones precarias, tuvieron que aprender a escoger muy bien lo que comían. Nos ha quedado grabado en la mente, esas diferencias vitales entre los sabores. Lo tenemos en el lenguaje, en todos los idiomas, las cosas buenas, la felicidad, la paz, la calma, la satisfacción, son dulces. La pena, la traición, el desengaño, el dolor, son amargos. 

Si de sabores de trata, en los últimos tiempos hemos tenido una amplia experiencia con la parte posterior de la lengua, aunque faltan receptores para la desconfianza o la sospecha.



PROCOPIO


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