Innovación como real política de Estado

Fecha Publicación: 5/4/2016

Sin la menor intención de ser peyorativos, está cada vez más claro que no es suficiente la picardía e ingeniosidad nacional para salir al paso de las dificultades técnicas o mecánicas y, obviamente, menos para los desafíos planteados por las conjeturas y las hipótesis. Es una observación común en las empresas de cualquier tipo que ni el maestro aficionado y autodidacta, anecdótico componente de la reparación tradicional, ni los alambritos sabiamente administrados, sirven ante la nueva realidad productiva. 

Sencillamente, la nueva tecnología, omnipresente y en expansión, ha dejado fuera de juego a los aficionados, se requiere una nueva clase de trabajadores, una diferente capacidad laboral, imposible de improvisar o remplazar por intentos ingeniosos de buena voluntad. No por eso los modos antiguos han desaparecido, se persiste en seguir como antes, para producir, para sembrar, para cultivar, con al alto precio de ser sobrepasados por aquellos que hace rato han descubierto que la intención no basta.

No es posible competir, o siquiera seguir en el juego, sin generar políticas activas para favorecer la generación de conocimiento relativo a las circunstancias reales, en el entorno que corresponda y ser capaces de transformarlo en innovaciones útiles, que permitan su rápida adaptación y uso masivo por la sociedad. Hasta aquí parece existir mucho de conocimiento y poco de aplicación, de lo contrario no sería necesario estar en el dependiente ejercicio de comprar tecnología, eligiendo ignorar que cuando esto ocurre, ésta se encuentra ya cercana a la obsolescencia y que sus creadores tienen en el banco de diseño una nueva generación, por lo cual siempre se está siempre un paso atrás.

Nuestro conocimiento local sirve muy poco si no se lo transforma en innovaciones que mejoren la competitividad de nuestras empresas y organizaciones y en definitiva la calidad de vida de las personas y el progreso regional y nacional.

Si hay tanto en juego, las iniciativas particulares no son suficientes, la realidad lo tiene más que demostrado, no funciona de ese modo, sin negar que ocurra investigación e innovación, las magnitudes no alcanzan las masas críticas, por lo tanto, es indispensable que el Estado favorezca el desarrollo de innovaciones en aquellas áreas que se consideren estratégicas o prioritarias.

No es una meta cercana, a la vista del paupérrimo apoyo a la investigación y desarrollo en el país, más claramente expuesto ante la seguidilla de renuncias en el organismo más alto en este ámbito, Conycit, cuyos directivos no han trepidado en utilizar el lenguaje más directo para describir la atosigada burocracia y la falta de operatividad de esa indispensable instancia, del mismo que se encuentra en estado incipiente el apoyo por medio de herramientas de financiamiento focalizadas y de alto impacto en I+D tecnológico y los créditos blandos o aportes no retornables para apoyar financieramente a las pymes innovadoras. 

Universalmente se considera que el Estado, la universidad y la empresa son los principales actores de la innovación, en términos locales el potencial está desde hace tiempo presente, se requiere el impulso, la visión del estadista, ese personaje faltante en la política actual, que tiene la capacidad para mirar objetivos distantes, cuyo cumplimiento está, casi inexorablemente, más allá de su propia existencia.


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