Un largo suspenso en búsqueda de la calidad de la Educación

Fecha Publicación: 28/8/2015


Poderoso caballero es Don Dinero; la frase de Quevedo tiene la misma validez, sino más, que cuando fue emitida. La presencia o ausencia del dinero puede dejar en segundo plano prácticamente cualquier otra consideración, como está ocurriendo ahora con el asunto de la gratuidad, que deja a las instituciones de educación superior en un suspenso indeseable que les obliga a distraer ingentes recursos intelectuales y enormes porciones de tiempo, solo en prepararse para cualquiera de los numerosos y casi impredecibles escenarios futuros a relativo corto plazo.

El primer principio desplazado, el que debió ser el intransable y primario, fue aquel de la calidad, esa que debería corregir los defectos existentes en la formación de niños y jóvenes, y que les está dejando en los lugares postreros de las evaluaciones internacionales y dejándoles en dudosa condición de competencia para enfrentar el mundo que les espera, de aquí a pocos años. El señuelo de la calidad, como resulta ser, porque otras prioridades han logrado relegarla de los centros de atención, fijas todas las luces sobre cómo y a quiénes se le da dinero.

No es de extrañar que los rectores de las universidades más completas y complejas hayan expresado en todos los tonos su preocupación, o su desconcierto, ya que han tenido que prestar insólita atención a un proyecto mutante, restándola de muchos otros emprendimientos y compromisos de las casas de estudio, entre ellos, la indeclinable voluntad de mejorar la calidad, mostrando en consecuencia, los niveles más altos de acreditación.

Como la argumentación de este último concepto se invisibiliza en la densa cortina de la gratuidad, es oportuno traerlo nuevamente a colación; calidad, según la RAE, el conjunto de propiedades inherentes a una cosa que permite caracterizarla y valorarla con respecto a las restantes de su especie. A mayor abundamiento, esta valoración tiene, además, fuertes componentes subjetivos, al estar relacionada con las percepciones de cada individuo, sus prioridades o su cultura, por ejemplo. Aun así, es particularmente crítico definirla, en todo su espectro- de pésima a muy buena- cuando la calidad se refiere a la capacidad del objeto o producto para satisfacer las necesidades más trascendentes.

La Educación es quizás uno de los productos más trascendentes, de su nivel depende el destino de los países, las posibilidades de desarrollo y sus grados de libertad, la idoneidad de su administración y gobierno, el estándar de vida de sus pueblos, por eso es que debe ser de muy buena calidad. Cuando se somete a interrogatorio mediático a los directivos universitarios, de la respuesta se deduce que una institución tiene buena calidad según tenga los recursos humanos y materiales para cumplir con la promesa que le ha hecho a la sociedad en general y a sus estudiantes en particular. 

Acreditar no es solamente creer, o dar fe, es un proceso prolijo de aseguramiento de la calidad, de la rectitud de esa tarea depende la credibilidad de los diagnósticos, de su rigurosidad, la fe pública, esa misma que se ha deteriorado en los últimos años, llevada a extremos con malas prácticas de quienes debieran dar ejemplo de corrección. Sería contraproducente que con el propósito de la gratuidad se deteriore el esfuerzo de decenios por alcanzar altas cotas de calidad en la misión de las universidades o se las obligue a cambiar para mal las modalidades que les han permitido alcanzar el posicionamiento que actualmente tienen.


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