A lo bueno es fácil acostumbrarse

Fecha Publicación: 30/3/2016

Cuando el capitán James Cook, desembarca en el hasta entonces desconocido continente australiano, en 1770, se encontró con una especie de conejo gigante, con robusta cola, sumamente saltarín, se puso en contacto con los nativos para saber cómo se llamaba, como si sabiendo el nombre las cosas se pusieran más claras, pero en fin, animal raro, con otro más chico en el bolsillo y más encima sin nombre, ha de ser una situación insoportable.

Con su secretario, un joven naturalista llamado Joseph Banks, creyeron entender la pronunciación gutural del informante, como Kangoru. La palabra fue correctamente ingresada en la libreta de bitácora. El nombre se hizo rápidamente popular, con la misma velocidad que se hicieron famosos los canguros. Más tarde, con el paso de los años y más conocimiento de causa, los británicos descubrieron que en alguna de las más de 250 lenguas nativas de la isla, kun- u- ru significaba simplemente "no entiendo". Pero ya no había arreglo posible, el nombre del coludo y saltarín animal ya había sido consagrado como Canguro. 

Hay en esta historia dos importantes lecciones, la primera es de cómo por no entender lo que a uno le están diciendo, se puede concluir de la manera más errónea. La segunda lección, harto menos evidente, es el estupendo modelo que han logrado proyectar los canguros aprovechadores. Así, hay muchos jóvenes por allí que encuentran de lo más natural permanecer cómodamente alojados a la bolsa de sus madres, salir para la parte buena de la vida, andar por allí de parranda y regresar más tarde, con envidiable ausencia de rubor, al acogedor y gratuito hotel mamá.


 


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