Metas de calidad de la educación insertas en la aldea global

Fecha Publicación: 28/3/2016

Los temas de extrema complejidad, de suma importancia, suelen ser de larga data, en razón de esa misma complejidad y de los innumerables factores que en ellos operan, educación por ejemplo, el asunto que ha tenido ocupado a centenares de actores, tanto de la alta política como de la academia, hasta la ciudadanía, cual más, cual menos. Parece ser la llave que abre la puerta del progreso, puerta que parece tener una cerradura con código encriptado.

Mientras se resuelve ese enigma, los grandes temas pendientes carecen de adecuado soporte, ya que inescapablemente el desarrollo futuro de las naciones requiere de competencias del recurso humano más allá de las hasta aquí suficientes. En razón de lo anterior parece válida la reflexión del Seminario sobre Prospectivas de la Educación en América Latina y el Caribe, cuyas conclusiones fueron publicadas hace ya dieciséis años.

Se expresa allí una duda, si a pesar de los mejoramientos experimentados por la región durante la segunda mitad del siglo XX, América Latina llegará un día a ser un continente desarrollado. Según José Joaquín Brunner, al prologar la publicación de los ensayos del seminario aludido, "las palabras que mejor reflejan el estado de ánimo de los grupos dirigentes y los intelectuales latinoamericanos con respecto al futuro son del estilo de "duda", "desconcierto", "confusión" o "ambigüedad", como si efectivamente el piso hubiese empezado a moverse para todos y no estuviese claro hacia dónde nos encaminamos".

Según algunos críticos de la globalización, que tiene la tendencia a desdibujar las individualidades, es necesario recuperar el rol de personas y comunidades como protagonistas y no como instrumentos del desarrollo. Así, este último debería ser el agente que transforme la vida de las personas y no solo la economía, argumento que debería ser considerado al momento de definir las políticas de la educación.

La principal crítica del actual modelo, en este contexto, es referirse a la educación como una inversión en capital humano, como equivalente a inversión en maquinarias, sin estimar sus otros sentidos y resultados, tales como abrir la mente a la idea de que es posible el cambio, que existen otros modos de organizar la producción, al enseñar los principios básicos de la ciencia, los elementos del pensamiento crítico y potenciar la capacidad de aprender.

Radica allí la urgencia de encontrar la clave de esa cerradura, la de la buena educación, la tan mencionada educación de calidad, esa que es capaz de cambiar irreversiblemente para bien el modo como cada persona avalúa su realidad y es capaz de emprender dinámicas razonables para conseguir sus metas con bases realistas, el otro beneficio de educación de excelencia, que es potenciar el pensamiento crítico.

Sin esas capacidades las personas pueden estar sujetas a errores de juicio, a manipulación deliberada o accidental de los razonamientos para ofrecer soluciones irrealistas, o voluntariosas. Es posible, con esas bases incompletas, que no se encuentre el camino correcto para resolver problemas y se elija procedimientos errados o riesgosos.

La globalización deja, eso sí, algo claramente expuesto, de no hacer las cosa bien, el mundo puede dividirse en ganadores y perdedores, lejos del sueño original de promover el desarrollo, disminuir la pobreza y elevar el nivel de vida de todos los habitantes del planeta.


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