Exigir a las autoridades con responsabilidad y conocimiento

Fecha Publicación: 26/8/2015

Hay una diferencia notable entre el contrapoder y antipoder. El primero debe ser considerado uno de los pilares fundamentales de la democracia auténtica, que no haya un poder que no tenga contrapeso. La vieja Roma republicana mantuvo por siglos el poder dividido, con dos cónsules renovables al año. A pesar de los inconvenientes de repetidos cambios de mando, el poder estaba repartido en las facciones familiares del senado y los representantes de la plebe, un sistema que, con todos sus enormes defectos, fue mejor que monarquías omnímodas, sin contrapeso.

El antipoder, en cambio, es el ataque destructivo con el propósito de reemplazar el poder existente, con otras ideas no necesariamente compartidas por la mayoría. Puede asumir la forma de una oposición ciega y fundamentalista, que opta por no recoger argumento alguno y atacar sistemáticamente a las autoridades de turno, sin importar lo que presenten como iniciativa.

La democracia madura necesita mucho del contrapoder, la fuerza que se pueda oponer a las ideas equivocadas o lesivas a la mayoría, obliga a quien quiera hacer prevalecer sus planteamientos a exponerlos con claridad y transparencia, mostrar sin lugar a dudas que la nueva idea es mejor que la que había, que el cambio tiene muchas más ventajas que defectos y que estos últimos han sido considerados o tienen vías de solución. En pocas palabras, han de ser sometidas las nuevas ideas a cuidadoso escrutinio.

La participación de los involucrados es indispensable, en democracia, se supone, los asuntos se resuelven a plena luz del día, con todos los elementos sobre la mesa. Sin embargo, para que la participación funcione como contrapoder los participantes tienen que saber de qué se trata, la capacidad para trabajar sobre los argumentos, la información previa, el conocimiento de los elementos en juego.

Se organizan seminarios con el propósito de discutir cómo puede la sociedad hacerse escuchar de manera efectiva y evaluar qué está haciendo el Gobierno para canalizar la inquietud de una sociedad cada vez más empoderada, sin prestar la debida atención a lo que los hechos han venido demostrando ad nauseam; que el empoderamiento rara vez está acompañado de autocrítica, del reconocimiento de los deberes hacia la sociedad por parte de los empoderados. En términos mal entendidos, significa el poder de la masa para pedir lo que considere necesario, por encima a veces de la realidad, de la imposibilidad material, de los riesgos de esas solicitudes, si fueran acogidas, para la sustentabilidad del proyecto de desarrollo nacional futuro.

Hacer una propuesta de antipoder, basada en que la política debe hacerse en la calle, es una apuesta de quien tiene más fuerza, no de quien tiene más razón. Es una forma anárquica de entender la democracia, que tiene sus propios y delicados mecanismos. Defectos que puede corregir por sí misma, mientras se le respete.

La propuesta de una nueva Constitución es una muy buena posibilidad de participación, pero se requiere que ésta sea meridianamente clara, los tiempos adecuados, los mecanismos establecidos. Las prisas han dejado suficientes lesionados hasta aquí como para considerar que sea esa una estrategia apropiada para una tarea de esa magnitud.


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