Redescubriendo documentos

Fecha Publicación: 29/2/2016

Aparentemente la época de los grandes descubrimientos ya ha terminado, estamos en la época de los inventos. Lo que hay que descubrir es relativamente menor. Si lo que se trata de encontrar es evidencias de la actividad cultural de la especie humana, el ejército de terracota de los chinos, algunas nuevas tumbas incas, espléndidos hallazgos, pero de algún modo dentro de lo esperable.

Cuando Petrarca, del trío invaluable de poetas italianos del renacimiento, con Dante y Boccaccio, se dedica a buscar viejos escritos, viajando por Europa, en vetustos conventos con monjes cuidadores de bibliotecas cuyo contenido ni siquiera entendían, custodios de rollos de pergamino y antiguos códices cubiertos de polvo, conservados con devoción por quienes eran perfectamente ignorantes del tesoro que tenían a cargo.

Este escritor tiene sorpresas de esas que cualquiera quisiera, aunque sea una vez en la vida, encuentra en Verona, en 1345 cartas originales de Cicerón a su amigo Ático, con quien había mantenido correspondencia de por vida, así como copias de dos de sus discursos. Otros afortunados descubrieron textos de Aristóteles, de Séneca, perdidos por varios siglos, con la sabiduría de los clásicos resucitada.

En cualquier caso, en los tiempos actuales, posibilidades de hallazgos como esos son altamente improbables, tendremos que consolarnos con las sorpresas, harto menos constructivas, de lo que resulte de hurguetear en los tripales de computadoras requisadas a egregios personajes, que en vez de criptas de templos, ocultan datos incómodos en las profundidades de los discos duros, o en quizás en notebooks sumergidos en algún maloliente canal.
 


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