Humor y política

Fecha Publicación: 26/2/2016

En un mes "flojo" como febrero, marcado por las vacaciones, el calor veraniego, el congelamiento de las decisiones importantes y la ausencia estival de muchas de las personalidades que alimentan las pautas noticiosas de este país, han hecho indefectiblemente del Festival Internacional de Viña del Mar una fuente inagotable de relleno ante el vacío que deja la escasez de temas más relevantes. En esto, claro está, parece existir un pacto tácito entre la ciudadanía, las autoridades y los medios, algo similar (aunque en otra escala) a los efectos de un Mundial o de una Copa América organizada en casa.

Este año, sin embargo, en el evento internacional se ha dado un fenómeno particularmente interesante y digno de estudio: cómo un espacio de evasión como el humor se ha prestado para la reflexión y una crítica ácida, que trasciende más allá de los códigos del espectáculo. En otras palabras, las rutinas cómicas se han ido nutriendo de la política, farandulizándola, sólo para volver a convertirla en política. 

Esta tendencia -que se venía desarrollando desde hace varios lustros con el referente obligado de Coco Legrand, pero también de otras experiencias menos exitosas, como la del humorista Palta Meléndez- alcanzó su zenith con la irreverente presentación de Edo Caroe, que no sólo desató un interesante debate a nivel ciudadano, sino que obligó a las autoridades a pronunciarse y manifestar su incomodidad, por no decir repudio. Pero es que ese es justamente el rol de la sátira, desde Diógenes "el cínico" en la Grecia Clásica, hasta genios del siglo XX como Chaplin o Cantinflas: recodificar un mensaje de los que no tienen voz para remecer la conciencia de quienes detentan el poder. 


PIGMALIÓN 


  Imprimir noticia   Descargar versión PDF