El cuidadoso avance en Carrera Docente

Fecha Publicación: 13/2/2016

Por mucho que se debata, aunque exista probada evidencia que el resultado del proceso educativo depende de muchos y, ciertamente, entrelazados factores, por sobre todo persiste el rol fundamental del profesorado.

Es posible traer a colación datos de investigación que cuantifiquen el impacto de cada factor principal involucrado este proceso, pero del mismo modo está la reiterada observación, próxima, concreta y valedera, de casos en los cuales todos los otros factores están en déficit y, sin embargo, un maestro con vocación, creatividad e inteligencia es capaz de hacer desaparecer las desventajas, pasando incluso por encima de otros colectivos educativos en los cuales todo parecía estar a favor.

Por esa razón es de tanta importancia avanzar en carrera docente, sin confundirla con carrera gremial, que va por otro carril. En la medida de lo posible es deseable que entre ambos objetivos, educación de calidad y empleo de calidad, haya un cierto grado de convergencia, pero a la hora de precisar las prioridades es obvio, si existe vocación pedagógica legítima, que las metas de calidad en educación predominen sobre aquellas de las ventajas laborales. Ha sido casi siempre así, incluso con brechas mucho más evidentes entre ambos valores, en todas las culturas y épocas. 

Enseñar es algo más que un puesto de trabajo, sin pretender que ese último aspecto deba ser desatendido.

Se ha despachado en el Congreso el proyecto de Carrera Docente, después de una extensa saga de desencuentros y polémicas, motivo por el cual hubo desde paros prolongados por el magisterio, hasta la presentación de innúmeras indicaciones.

El proyecto logra un avance importante en el paradigma predominante, ya que establece requisitos más exigentes para acceder a mejoramientos de remuneración, toda una diferencia al vincularse más que a años y derechos ganados gremialmente, a indicadores de desempeño.

El proyecto contempla igualmente la elevación de exigencias para ingresar a la carrera de pedagogía, como también los estándares que deberán cumplir las universidades para impartirla. 

Del mismo modo, sinérgico con lo anterior, se crea un sistema de desarrollo profesional docente, que introduce una serie de incentivos para atraer a los mejores candidatos al ejercicio de una de las tareas más fundamentales en cualquier país; la formación de sus niños.

Se espera, con estos cambios, poder monitorear adecuadamente los indicadores de la calidad educacional, el desempeño en el aula, la adquisición de conocimientos por el alumnado, el perfil de egreso de los estudiantes en sus múltiples facetas, ya que estos parámetros están asociados a las remuneraciones y los niveles de los profesores, que en este esquema progresan en cinco tramos, desde "inicial" a "experto".

El éxito de un proyecto semejante depende críticamente de la unidad de criterio y la voluntad política de respetar su espíritu, puede fácilmente destruirse como concepto si se aprecia discrecionalidades y negociaciones en busca de excepciones políticamente correctas, gremialmente favorables, pero que terminen por sacrificar la calidad de la educación y el nivel de excelencia que es claramente exigible al profesorado.

Es muy fácil confundir una cosa con otra, de hecho, en el último paro de los profesores se pudo constatar que los intereses de los estudiantes quedaron postergados, este podría ser el talón de Aquiles de un cambio indispensable.


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