Los barrios y la comunidad, sustento de nuestra identidad

Fecha Publicación: 12/2/2016

La globalización tuvo efectos esperados y positivos, y otros sorpresivos de significado por evaluar. Entre los primeros, la comunicación de la especie humana en tiempo real y la verificación que las necesidades parecen ser las mismas, tanto como los problemas. Lamentablemente, hay amenazas de pérdida de equilibrio, pequeñas realidades absorbidas por culturas dominantes, la posibilidad latente de pérdida de identidad, una cultura que tiende a uniformarse, y en el proceso restar la enorme riqueza de la diversidad, pasando hasta por los idiomas, las lenguas y dialectos y sus insondable e invaluables vínculos de historia y tradición.

En escala menor el esquema puede reproducirse en las grandes ciudades en relación con sus componentes menores, los barrios, que son en el fondo la diversidad cultural de la ciudad y contribuyen colectivamente a su carácter, sin ellos ese carácter desaparece, una situación de debilidad en los proyectos de desarrollo urbano.

La necesidad de empoderar los barrios bien puede ser una de esas situaciones, a lo mejor como respuesta a la globalización que tiende a dejar todo parecido, anodino, apelando a la modernidad, que si fuera universal dejaría a todas las comunidades humanas con el mismo aspecto. El barrio en las ciudades grandes resulta ser la reserva de identidad de las comunidades, el sitio en el cual se forman las familias y se cría a los hijos, con sentido de pertenencia, cada vez más necesario ante la amenaza de convertirse en masas anónimas, intercambiables, o desechables.

El regreso a la humanización de las grandes ciudades se basa en esta segmentación virtuosa, que robustezca los mejores aspectos de los barrios para hacerlos atractivos y útiles a la hora de buscar una mejor calidad de vida, para lo cual se requiere dotarlos de los elementos básicos para la vida en comunidad en servicios, escuelas, sitios de esparcimiento y áreas productivas compatibles con el desarrollo social.

En los primeros tiempos del Gobierno se ofreció un programa que específicamente apoyaría a negocios existentes en los barrios que pueden mejorar en los aspectos que los locatarios estimen necesario "que sea la propia comunidad la que defina qué sueño quieren construir conjuntamente y cuáles son las intervenciones que se quieren realizar", en la declaración del ministro de turno, desde mejores estacionamientos, mejores condiciones de higiene, entre muchas posibilidades.

Es inevitable pensar en una deuda mayor para la ciudad, la maltratada manzana donde se muestran los ruinosos arcos patrimoniales del Mercado, rodeados de tenderetes variopintos de dudoso atractivo para la estética y funcionalidad urbana, un lunar insoportable en pleno centro de la urbe, un sueño postergado, ese que en términos del ministro, la comunidad quisiera construir.

Es cierto que recuperar una manzana entera, barrios completos, es una tarea ímproba, pero al mismo tiempo es una que no puede soslayarse, aunque sean necesarias dosis de energía que molesten a más de alguien, no hay obra en grande que no genere una oposición de parecida magnitud.

Hay fuerza potencial en los barrios, robustecerlos es mejorar la ciudad, comunidades que se hacen parte de su crecimiento, que al estar involucradas pueden sentir como suyo el sector donde viven. 

Acudir en apoyo de esas iniciativas es una de las tantas deudas incumplidas, otra más que no debiera quedar en el olvido.


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