La cuna donde nacieron los libros

Fecha Publicación: 7/2/2016

Gutenberg puso algunos paradigmas a prueba con su célebre invento de la imprenta, que dejó a los libros al alcance de muchos, faltaba bastante llegar al ‘para todos’. Aun así, no pudo escapar a la ambición de su socio capitalista Johann Fust, quien le puso juicio y con adecuada lubricación de los administradores de justicia, dejó a nuestro inventor en la calle, reclamando para sí los beneficios de la maquinita productora de libros. La disolución del taller significó la diáspora de impresores alemanes a todos los países de Europa, y cada ciudad decente trataba de conseguirse uno.

La consecuencia impensada de la multiplicación de los libros, fue la rápida movilización de ideas, para algunos grupos o personas. Eso de que toda la información anduviera suelta por ahí, al alcance de cualquiera, revestía enorme peligro, extrema peligrosidad del nuevo medio de comunicación. Con característica eficiencia, el papa Alejandro VI impuso, en 1501, la censura previa para Alemania, luego, en vista del éxito, ampliada a todo el ámbito de la iglesia. Feliz iniciativa copiada con agilidad digna de encomio por autoridades civiles de diverso plumaje.

A pesar de aquello los libros se multiplican, se estima que para finales del siglo XV, se habría impreso, entre los años 1450 y 1500, unos veinte millones de libros. Muchos de ellos se han perdido, pero nos quedan en el planeta unos 30 o 35.000 ejemplares.

Los libros no paran de publicarse, su muerte ha sido anunciada varias veces, una visita a las librerías del primer mundo arrojan sobre ese mortal vaticinio dudas más que razonables, los libros muestran una envidiable salud.


PROCOPIO


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