Calidad de vida urbana, trabajo de todos

Fecha Publicación: 1/2/2016

Si se hiciera una nueva encuesta, si los sufridos ciudadanos objeto de tales interrogatorios aceptaran una vez más colaborar en el diagnóstico de cómo es el estado de la situación, esta vez en lo relativo a la calidad de vida, es posible que resulten presentando a los municipios, a las intendencias y, en general, al Gobierno, un nuevo pliego de peticiones, asociando la calidad de vida a la responsabilidad de los demás.

En el eventual listado seguramente han de estar las insatisfacciones de siempre, la seguridad ciudadana, la conectividad saturada, el mal estado de veredas, o el triste espectáculo de mobiliario urbano, paraderos de buses, pintarrajeados, sucios o rotos. Los invasores de los espacios públicos, física o acústicamente, la ingrata experiencia cotidiana de simplemente tratar de llegar a alguna parte.

Lo que posiblemente no se aprecie en la encuesta en cuestión es nuestro propio compromiso ciudadano para vivir civilizadamente, ocupados observando la paja en el ojo ajeno, incapacitados para ver objetos de tamaño mayor al costado de nuestras pupilas. Se trata del progresivo olvido de las llamadas buenas maneras, el uso de determinadas formas de comportamiento que desde hace mucho funcionan como un camino para hacer de la vida en común, o en sociedad, más llevadera, por no decir más agradable, aunque en el fondo se trataba más bien de esto último.

Entre las cosas que se han abandonado- los tiempos cambian, se suele decir sin un asomo de autocrítica-, está la consideración a los derechos de los demás y el respeto a ciertas formas de convivencia que hacen de la vida de relación una transacción civilizada y fluida, asociada a la tranquilidad y la paz, claramente diferente a la brusquedad y el ruido. En contrario al primer pensamiento, ese cambio ha nacido en el hogar y en la escuela, es allí primariamente y no en la calle donde se ha perdido el referente de cómo vivir en comunidad, desaparecida la sensibilidad para apreciar el sentir de los otros, la urbanidad.

Aislados en medio de la multitud, solos aun en la mesa familiar, cada quien está en lo suyo, se admite que los menores estén más con su interminable interactuar con sus pequeñas pantallas perpetuamente conectadas a la banalidad de moda, que con sus mayores. Los adultos con los mismos instrumentos, más en proximidad con ellos que con su interlocutor real, juntos pero absolutamente no revueltos.

No es esta situación insignificante, es la estructura básica de la civilidad, compartir y respetar al resto de los usuarios de la ciudad. Sin aquello, se amenaza con ruido de motores al peatón que no ha terminado de cruzar cuando cambia el semáforo, se arroja un vehículo de mayor tonelaje sobre aquel de menores dimensiones, se estaciona en el sito reservado a un discapacitado, no se respeta una fila, la vida se hace atropelladora y agresiva, repleta de malos modos, agotadora.

La calidad de vida en la urbe puede bien ser la suma de los óptimos comportamientos de los ciudadanos, en el cuidado de los bienes comunes y en la preocupación por el mutuo bienestar. No es la sola consecuencia del esfuerzo de las autoridades edilicias, es el compromiso de los usuarios de la ciudad para hacerla cada vez mejor para vivir en ella. Tratarnos con amabilidad y respeto, prestarnos ayuda, comprender que estamos en el mismo barco. Si así fuera, sería más fácil vivir la ciudad.


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