El vals de las elecciones municipales

Fecha Publicación: 30/1/2016

D¿Qué vas a entender tú del Estado, si lo único que sabes hacer es bailar?". Esta áspera frase de Ana de Austria al joven Luis XIV, de 22 años, es sin duda uno de los momentos más interesantes de la película "La danza del Rey", un diálogo, por cierto, muy anclado en la realidad. En la escena, la reina madre recrimina a su hijo por su decisión de asumir las riendas del gobierno por sí mismo, y le enrostra la que ha sido su mayor pasión hasta la fecha: el ballet. 

En la práctica, la danza fue mucho más que un capricho para Luis. Fue un símbolo de su autoridad. Él gobernaría de la misma forma en que bailaba: sería el centro de todo y todos girarían en torno suyo. Luis era en efecto un excelente bailarín. Fiel al contenido ideológico de su arte, siempre personificó a deidades superiores como Júpiter, Neptuno y -por supuesto- Apolo, el Dios Sol. En las coreografías, sus enemigos solapados, muchas veces sus propios parientes, solían desempeñar el papel de planetas que giraban torno al sol y le rendían tributo. 

El mensaje era simple y contundente, no requería explicación y, por lo mismo, podía transmitirse fácilmente a la corte y más tarde al pueblo tanto a nivel literal como simbólico. Bajo la misma lógica de este ballet, su coreografía política consistió en mantener cerca a sus enemigos, siempre girando en torno suyo, pero sin poder tocarlo. De esta forma los neutralizó y los transformó en mezquinos miembros de la corte, obsesionados por orbitar un poco más cerca del Rey Sol. 

Lejos han quedado los tiempos de gloria de los salones de Versalles, en que Luis XIV hacía las veces de principal coreógrafo de la gran danza de la política de Francia y Europa. Pero no hay que engañarse, el baile continúa, aunque la música es otra. 

Hoy en Chile hay muchos pequeños coreógrafos y bailarines, intentando dejar su impronta y ganar su espacio en una restringida pista de baile. En el gran salón de baile de la política nacional, cada actor lleva su máscara y cumple el riguroso compás que marcan sus partidos; pero que de vez en cuando el ritmo se rompe, y el intérprete intenta sorprender al que tiene al frente. 

De cara a las municipales de octubre, tanto los bailarines como los que aspiran ingresar a la pista, comenzaron a cambiar de ritmo. Algunos danzantes incluso se han atrevido a cambiar de posición y de pareja: muchos de los que hasta la elección eran amigos y aliados, pasaron a ser rivales. Aquí no gana el que parte primero, sino el que logra conmover a su público con una coreografía más armónica, coherente y sostenida. Pesan la planificación y los ensayos, pero también el arte y el carisma del intérprete.

Hoy, los que gustan de la política, el arte de lo posible, están disfrutando, por ejemplo, de los interesantes movimientos y elongaciones que se están dando en la Municipalidad de Talcahuano. ¿Seguirá el alcalde al ritmo de la comuna, o lo cambiará por una cadencia parlamentaria? ¿Hará algo su partido para impedirlo, ante el temor de perder pan y pedazo? 

Este vals recién comienza, y sólo finalizará en octubre. Pero a diferencia del Versalles de Luis XIV, no será un único juez el que elija a los mejores bailarines, sino un jurado compuesto por los cerca de 1 millón 600 mil electores de la Región del Bío Bío.

¡Que comience el baile!
 


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