Prevención, la mejor receta para un verano familiar seguro

Fecha Publicación: 16/1/2016

Se ha informado de nuevos datos estadísticos, suelen ser banales, de la información trivial que sirve como tema perecible de conversación, las idas y venidas de la popularidad de figuras públicas, por ejemplo, que puede interesar a aquellos que en ese asunto han apostado el principal interés de sus emprendimientos, hay otros, sin embargo, cuya atención no puede ser optativa, ni siquiera ser tomados a la ligera; las muertes por inmersión en la temporada estival.

Un alto porcentaje, más de la mitad de los accidentes en el agua terminan en la muerte del afectado, puestos a complementar esa información se puede ir desagregando circunstancias coadyuvantes, imprudencia, infancia, lugares no autorizados, consumo de alcohol.

Con el ánimo de crear legítima consciencia se puede agregar cifras duras, que no puedan ser ignoradas, sin pecar de superficialidad, se puede hacer alardes de enumeraciones; los informes a poco de iniciarse la temporada el año pasado, dando cuenta de 10 personas ya fallecidas por inmersión en distintos balnearios y piscinas del país.

La asfixia por inmersión es la primera causa de muerte accidental en niños de entre 1 y 4 años en Chile. Además, es el tercer motivo de deceso en menores de 14 años, en términos de promedio, con variaciones por diversas causas, anualmente, se registran alrededor de 2 mil 500 ahogamientos,

Por sobre toda esta información, que se supone debería inducir cambios drásticos en la actitud de las personas en temporada de actividades acuáticas, se impone el descubrimiento reiterado, año tras año, que lo que se sabe sobre riesgos no tiene relación alguna con lo que cada persona esté dispuesta a hacer al respecto. Las campañas no suelen tener el alto impacto que de ellas se espera, hacer recomendaciones que parecen ser escritas, igualmente, sobre el agua.

No se tiene por lo pronto la noticia de la próxima víctima, ya las habrá, para ser leídas con indiferencia, lo cual indica que en realidad esa muerte ya ha sido incorporada como la tradicional rutina intrascendente, parte de la temporada estival, con perfecta indiferencia. Excepto, por supuesto, para los familiares y para grupos particularmente involucrados, personal de la Marina, Carabineros, algún grupo proactivo en la prevención de estos accidentes, bien poco más.

No es posible aceptar buenamente que se trate de una rutina esperable, comentar al pasar que la víctima se merecía lo que le ha sucedido, porque ya ha habido advertencias suficientes, que la señalética no fue respetada, que los adultos no estaban atentos. Lo que se olvida es que el ser humano no aprende, por lo general, de las experiencias ajenas, logra evitar el temor fabricándose una suerte de inmunidad personal, íntimamente convencidos que los accidentes les ocurren sólo a los demás. 

En una nueva temporada hay que hacer, insistentemente, un nuevo intento, de precaver a las familias en el cuidado de sus menores, a evitar las circunstancias conocidas de peligrosidad. Pensar, seriamente, en el valor de la existencia, en el compromiso de cuidarla. Si sólo una persona, reflexionando sobre la validez de este tipo de mensajes, resuelve actuar positivamente, la lectura de este texto valdría la pena, difícilmente un escrito puede ser considerado desechable si indirectamente ha conseguido, no importa cuán indirectamente, salvar una vida.


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