El polémico viaje de Bachelet a la Araucanía y sus implicancias

Fecha Publicación: 6/1/2016

Definitivamente, la capacidad de las autoridades de gobierno para ofrecer combustible a sus opositores es asombrosa, en muchas de las instancias comunicacionales de los últimos meses hay una indicación muy evidente de la necesidad de revisar las competencias de los asesores, teniendo más a la vista la evaluación objetiva de sus experiencias en el mundo real, que la abundancia de sus pergaminos.

Es verdad que por razones de Estado, no siempre es posible ventilar todos los asuntos en la plaza pública, pero en la mayoría de las otras veces, indispensablemente, así debiera ser. Abandonando ésta tendencia al secretismo, al tráfico de misterios, cada quien con un trozo de verdad, celosamente guardado, como una marca de posicionamiento en el círculo privilegiado de los que gobiernan.

Dos últimas situaciones son antológicas para examinar esta situación, en primer lugar, resulta difícil entender que haya sido necesario que los rectores de las Universidades estatales tuvieran que hacer presente la conveniencia de conocer el proyecto de reforma educacional, que estaba a horas de ser enviado al Congreso, ya que era importante hacer un aporte desde sus indudables competencias en la materia. No es una petición atrabiliaria, lo sorprendente es que se haya pensado que esa opinión era innecesaria.

En otra instancia, aunque es verdad que la Primera Mandataria, tiene todo el derecho de tomar las decisiones propias de su alto cargo, ir a cualquier lado, un derecho, que tiene cualquier ciudadano, no es menos cierto que su investidura le obliga a ciertas consideraciones protocolares, por ejemplo, el de la cortesía hacia sus colaboradores. Aunque pudo haber sido una estrategia correcta una visita sorpresiva a la candente situación de la Araucanía, en un marco de extrema reserva, de igual manera pudo haber tenido en su Ministro del Interior, la confianza suficiente como para informarle, al mismo tiempo que pedir la necesaria discreción. 

No hay novedad alguna en la declaración del subsecretario del Interior Mahmud Aleuy: "los Presidentes quienes deciden cuándo van a una zona del país, en qué condiciones y qué actividades realizan". 

El desconcierto no surge por mala intención de los afectados, aparece cuando las explicaciones no parecen suficientes, cuando hay percepción, con justicia o no, de proceso erróneo, en este caso la falta de transparencia, no con todo el mundo, por las razones que seguramente existen, sino con los colaboradores directos, para evitar robustecer la creciente suspicacia en la manera de hacer las cosas en las herméticas salas de la Moneda.

Para un ciudadano corriente, resulta muy difícil entender que se persevere en este tipo de actuaciones, lesivas para la imagen del gobierno y para la dignidad de los involucrados, aunque existan posteriormente reuniones para acercar posiciones y deshacer eventuales malentendidos, seguidas de declaraciones enfáticas de dar por superado los incidentes. Queda en evidencia la fragilidad de los equilibrios, la presencia de líneas de fractura y la inconveniente posibilidad de mirar con sospecha la consistencia de la determinación de no repetir ese tipo de incidentes. 

En algún sitio se ha extraviado la cercanía de las autoridades encargadas de llevar adelante las grandes propuestas del gobierno, un atributo que conformaba una de las grandes fortalezas de la presidencia, un elemento que urge recobrar.


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