El triunfal regreso de Rozas a Concepción

Fecha Publicación: 19/8/2015

Después de 203 años, uno de los líderes más importantes del proceso de la Independencia regresa a la ciudad de Concepción. Gracias a las gestiones de la Corporación Semco -mención aparte de la lucha por casi 30 años del historiador Alejandro Mihovilovich para repatriar los restos del prócer-, Rozas regresó ayer a Concepción. A eso de las 9 horas, una comitiva penquista, más algunos tataranietos de Rozas, participaron en la exhumación de su cuerpo en el Cementerio General de Santiago. A eso de las 18 horas, la carroza entró a la ciudad, y tras hacer una breve parada en la Plaza Independencia, se trasladó al parque Ecuador para un homenaje frente a la escultura que lleva su nombre. En fecha próxima, se desarrollará una ceremonia mayor en el Cementerio de Concepción, cuando se inaugure un mausoleo especialmente dedicado al prócer.

Pero, ¿quién fue este Juan Martínez de Rozas, quien parece tener mucho menos reconocimiento que personajes como O’Higgins, Carrera o Manuel Rodríguez?

Nacido en Mendoza, casó con María Nieves Urrutia Manzano, hija del poderoso empresario vasco-penquista Francisco Urrutia de Menduburu. A sus treinta años, Rozas (así le gustaba firmar) podía exhibir un currículum impresionante: abogado, intelectual, filósofo y físico que había estudiado e impartido clases en la Universidad de San Felipe, y que se había destacado en el servicio público como secretario de Ambrosio O’Higgins, cuando el irlandés se desempeñaba como intendente de la provincia. Fue en ese tiempo cuando, por influencia de su amigo y maestro de francés, el doctor Denis Rocuant, comenzó a leer en forma clandestina a los enciclopedistas, autores considerados subversivos por la Corona. 

Respecto a su gestión pública, vecinos penquistas agradecían su eficiencia y su liderazgo en el combate a la delincuencia, especialmente en los pantanos que hoy son el Parque Ecuador, y los senderos del Cerro Caracol. El abogado dio un paso decisivo en su carrera política, al empujar al general del ejército del sur, el brigadier Francisco García de Carrasco, a exigir su mejor derecho para ser nombrado gobernador de Chile, en 1808. El uniformado delegó buena parte de su administración en manos del mendocino, hasta que un incidente político-policial lo obligó a retirarse, momentáneamente, de la primera fila de la política. 

Con las tensiones de 1810, el nombre de Rozas volvió a sonar fuerte desde Concepción, al mismo tiempo que en Ñuble comenzaba a destacar el de Bernardo O’Higgins. El 18 de septiembre de ese año, el cabildo abierto de Santiago lo nombró vocal de la Primera Junta de Gobierno, donde descolló como verdadero poder fáctico, teniendo como único contrapeso real a Enrique Rosales, representante de la aristocracia santiaguina y miembro del grupo de los "Ochocientos": la familia Larraín. Junto con establecer libertad de comercio, la junta llamó a elecciones de un Congreso Nacional. En el intertanto tuvo lugar el motín de teniente español Tomás de Figueroa, quien fue apresado y, a instancias de Rozas, ejecutado en un juicio sumario. 

El carácter autoritario del abogado penquista generó una constante antipatía por parte de las familias santiaguinas, y que esto se tradujo en que se lo tratara de excluir de las primeras juntas, elegidas por el Congreso. Sin embargo, Rozas siguió defendiendo siempre el poder en Concepción (incluso armó su propia junta pencopolitana), en contraposición a los "Ochocientos" en Santiago. 

La participación de Rozas en la historia de Chile terminó abruptamente, cuando José Miguel Carrera, después de derrotar al clan Larraín en Santiago, se dio cuenta de que la única forma de llegar al poder era sometiendo a Concepción. Carrera ocupó militarmente la línea del Maule y suspendió los pagos al ejército penquista, lo que motivó un motín de la oficialidad en contra de Rozas. El abogado fue hecho prisionero y luego deportado a Mendoza, donde falleció en 1813. 


  Imprimir noticia   Descargar versión PDF