Asesinos, la palabra prohibida

Fecha Publicación: 24/12/2015

Pocas palabras de la lengua castellana resultan tan viscerales como "asesino". Una expresión que difícilmente puede ser pronunciada con neutralidad y que, por el contrario, parece proyectarse desde el estómago, desde las entrañas, para salir lentamente por la boca y hacerse carne con un énfasis doloroso, con la violencia de un juicio lapidario. 

Sin embargo, el vocablo no siempre cargó con ese peso. Se deriva del concepto árabe "Hassasin", es decir, "adicto al hachís", y que en tiempos de las Cruzadas, se comenzó a usar para identificar a una secta chiita fanática que se drogaba con este narcótico antes de cometer sus crímenes. 

Hoy, la palabra asesino tiene una connotación tan fuerte, que nuestra sociedad decidió hace mucho cubrirla con el velo del eufemismo. El "asesino" queda entonces para quien, desde la pasión, le grita al verdugo que terminó la vida del ser querido. El que la pronuncia será visto con lástima, como un ser marcado por la tragedia y dominado por el dolor, la rabia, la impotencia y tal vez el odio.

Lo que nuestra sociedad se niega a aceptar es que todos somos potenciales asesinos. Cuando decidimos adelantar imprudentemente en una línea continua en la carretera; cuando bebemos alcohol e insistimos en conducir; cuando vemos a una persona en malas condiciones en la calle en una noche de frío y no hacemos nada; cuando vemos a un muchacho alcoholizado y lo dejamos a su suerte para regresar a casa. 

En la medida en que no tengamos tanto temor a las palabras, y que por el contrario, tomemos conciencia de la consecuencias que pueden tener nuestras acciones y omisiones, podremos contribuir a que este país no sufra tantas tragedias evitables cada vez que celebra una fiesta. 

AVERROES
 


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