El no tan utópico giro a un mayor desarrollo agropecuario en Bío Bío

Fecha Publicación: 18/12/2015

La globalización puede tener las consecuencias menos pensadas, sencillamente porque la propia globalidad incluye una infinita cantidad de circunstancias que de pronto están a la alcance de los sentidos de cualquiera, en cualquier parte del mundo, con evidencias indesmentibles, la realidad se hace multifacética y mutable, con cambios incesantes y contrastes inmediatos con la propia realidad cotidiana.

Los mensajes más fuertes son aquellos que emiten los modelos más exitosos y por eso mismo de mayor potencia, ofrecen un modelo de progreso y felicidad, pero que no pocas veces corresponde a una realidad diferente, social, cultural y económicamente distinta.

Con una reflexión de poca profundidad, es posible apreciar que los modelos más poderosos de la modernidad global son propios de los centros urbanos de alto desarrollo y tecnología, centros financieros encristalados, aeropuertos convertidos en hormigueros de emprendedores ejecutivos, personeros de la banca y las empresas, reuniones de directorio, el ajetreo febril de ciudades que no tienen un minuto que perder. La consagración de la materia.

Sin embargo, hay un mundo rural, que vive en muchas latitudes en otra dimensión y que arriesga su extinción por mucho que sus tareas sean insustituibles, el modelo de industrias y usinas, de empresas cada vez más transnacionales y anónimas, deja de lado un factor intrínseco de la especie humana, sus necesidades básicas, entre las cuales puede estar el prosaico requisito de alimentarse.

Se ha dejado de lado, por apostar a esas otras actividades más refulgentes, al desarrollo rural. En el informe sobre el particular de la Unesco, (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) el año 2010, se insiste en hacer resurgir este poderoso agente de desarrollo, con el propósito de dar respuesta a tres necesidades básicas para asegurar un futuro sostenible de nuestra especie:

La primera es mejorar la formación y el bienestar de los miles de millones de personas que viven en este medio (cerca de la mitad de la población mundial), erradicando la pobreza extrema y evitando su migración hacia la marginación de las grandes urbes; en segundo lugar, lograr una producción agrícola sostenible para asegurar que todos los seres humanos tengan acceso a los alimentos que necesitan; y en tercer lugar, pero no en importancia, proteger y conservar la capacidad de la base de recursos naturales para seguir proporcionando servicios de producción, ambientales y culturales.

Nuestra región enfrenta un desafío enorme. Tras perder competitividad en determinadas áreas industriales, ha tenido una saludable reacción abriendo nuevos nichos de negocios, alentándose a robustecer la pequeña y mediana industria. Pero, al mismo tiempo, no se puede seguir apostando a la infinita explotación forestal, una de las fuentes mayores de entradas regionales. 

El cambio climático y la mayor conciencia del valor de los recursos ambientales están dando señales dignas de ser oídas, lo suficientemente intensas como para considerar posibilidades en otras direcciones, como puede ser el nuevo llamado a la identidad regional y su pasado agropecuario.

Teniendo a la vista el escenario de la globalidad descrito al inicio, esta nueva imagen aparece pobre y romántica, pero podría ser una actividad con indudables ventajas competitivas, usar el agua, antes que decidan entubarla y mandarla donde sea más útil.


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