Oportunidades para el largamente postergado desarrollo de regiones

Fecha Publicación: 17/12/2015

No es demasiado aventurado asumir que la regionalización que millones sueñan extramuros de Santiago, no será realidad hasta que las regiones alcancen tal grado de desarrollo que al nivel central no le quede otra opción que sumarlas al mapa de los temas relevantes de la República.

Las oportunidades para que alcancen niveles adecuados de crecimiento como para hacer valer su importancia en el concierto nacional están ya instaladas, solo que en medio de la confusión de las prioridades y la fronda de planes y proyectos acumulados y encarpetados, estudios acuciosos, profundos y válidos que han traspasado la barrera de los estantes y escritorios.

Es cierto que el Gobierno central, tanto el Ejecutivo como el Legislativo, están para hacer posible las esperanzas de todos los chilenos y no sólo a aquellos hacinados en la periferia de La Moneda, pero en la práctica ya hay suficiente evidencia para concluir que salvo algunos planes anunciados con particular énfasis, no habrá un plan sostenido de afuera para que las regiones alcancen niveles adecuados. En resumen y por exclusión de argumentos, las regiones tienen que enjuagar sus lágrimas, encontrar sus propios caminos al desarrollo y ser capaces de retener todo su patrimonio, el territorial, el del ambiente, el de recursos y sobre todo el capital humano, actualmente errabundo en busca de mejores destinos.

Los gobiernos, uno tras otro, han hecho hincapié en potenciar la innovación de las empresas, fortaleciendo especialmente las Pymes, en mejorar el turismo y fortalecer la industria agroalimentaria; incrementar la calidad de la educación en la Región para mejorar la empleabilidad de los sectores más vulnerables, etc. Sin embargo, a la hora de la verdad, estos esfuerzos parecen ser mucho menos sistemáticos que lo que se requeriría para efectivamente alcanzar un cambio relevante en los desarrollos locales.

Es muy posible que el actual gobierno tenga, en el detalle de las generalidades que se conocen de su plan para las regiones, estas metas y aún otras, con los naturales cambios de énfasis, de las cuales el común de los ciudadanos ha sido invitado a participar. 

Es muy temprano para conocerlas a cabalidad y debe estar seguramente en la voluntad de las autoridades locales hacer lo mejor posible con esos planes cuando se pongan en marcha. Sin embargo, viendo la larga lista de programas y de buenas intenciones de gobiernos anteriores respecto a las regiones, tendrá que concluirse que no todo aquello dio resultado y que es muy posible que ocurra algo parecido, una vez más, en particular en un año con restricciones presupuestarias. No es falta de fe, sino una apreciación realista de cómo las coyunturas, las demandas sectoriales, las presiones políticas y las resistencias de diversos polos pueden alterar la mejor de las intenciones.

Por lo tanto, hay que insistir en el trabajo propio, la necesidad de la acción sinérgica y endógena, es decir, todos al mismo tiempo y para el mismo lado, desde el corazón de las regiones. No desmejora el horizonte del desarrollo impulsado por el Gobierno, pero robustece un plan de contingencia efectivo y alternativo si tanta promesa no pudiera cumplirse. 


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