Tentaciones culpables y oratoria

Fecha Publicación: 11/12/2015

No todos alcanzan niveles de fama que desafían el paso de los siglos, a la mayoría, solo el minuto, a otros pocos, la memoria de sus familias, otros se quedan en el subconsciente colectivo del mundo interminablemente, peor aún, cada vez más vigentes.

Ocurre con Demóstenes, el extraordinario orador griego, capaz de superar dificultades apabullantes, su imagen, de los textos de historia o de los encendidos comentarios de los profesores de esa asignatura en tiempos de la vieja educación chilena, es de un señor que arropado en su toga declama a la orilla del mar con piedras en la boca, imagen que mirada con calma, deja abierta la posibilidad de anomalías mentales.

Sin embargo, como se apresuraban a comentar nuestros bien amados profesores, este bizarro comportamiento tenía explicación, el esforzado Demóstenes no hacía otra cosa que agregar dificultad deliberadamente para que en la vida real todo fuera relativamente más fácil. Hablar frente al mar, para superar el ruido y mejorar su voz, más bien débil.

Más todavía, poniéndose piedras en la boca para aprender a modular con cuidado y entrenar la lengua a superar obstáculos, de tal manera que hacer de la práctica del discurso sin piedras en la boca un asunto de fácil despacho. Se rumorea que lo que en realidad ocurría es que Demóstenes tenía una fisura palatina y una piedra plana sellaba el paso a la cavidad nasal, mejorando la calidad de su voz.

Al escuchar algunos políticos contemporáneos se puede tener el deseo culpable, la irresistible tentación, de ponerles piedras en la boca.

 


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