Carmina Burana o la pesada mano de la Fortuna

Fecha Publicación: 19/11/2015

Se identifica como Carmina Burana a una colección de cantos de los siglos XII y XIII, códice que recoge un total de 300 rimas, escritas en latín o en un dialecto del alto alemán medio y del francés antiguo por monjes y juglares. Fueron compilados hacia el año 1230, posiblemente en la abadía benedictina de Seckau o en el convento de Neustift, Austria. Dentro de estos cantos destaca "O fortuna", poema goliardo dedicado a Fortuna, diosa romana de la suerte, cuyo nombre en latín era Vortumna, que significa "la que rueda". En 1936, el compositor alemán Carl Orff presentó su proyecto más ambicioso: una reinterpretación orquestal, coral y operática de Carmina Burana, que le dio reconocimiento mundial, principalmente gracias a su pieza inicial, en honor a esa caprichosa diosa romana, "cambiante como la luna".

En estos tiempos convulsos en el mundo, en que todos los días se verifican nuevas tragedias por mano del terrorismo, de París a Beirút, de Moscú hasta Nairobi, en que nadie puede considerarse libre del largo brazo de la más inmisericorde de las diosas, estos versos medievales parecen cobrar más vigencia que nunca: 

"O Fortuna, como la luna cambiante, siempre creciendo y decreciendo; detestable vida, primero oprimes y luego alivias a tu antojo; pobreza y poder derrites como el hielo. Destino monstruoso y vacío, tu rueda da vueltas, perverso, vano es el bienestar y siempre se disuelve en nada, sombrío y velado me mortificas a mi también; ahora por el juego traigo mi espalda desnuda para tu villanía. El Destino está contra mi en la salud y la virtud, empujado y lastrado, siempre esclavizado. A esta hora sin demora toca las cuerdas vibrantes; puesto que el Destino derrota al más fuerte, llorad todos conmigo!". 

La magistral interpretación de Carmina Burana -a cargo de la siempre impecable Orquesta Sinfónica UdeC, el coro de la casa de estudios y el ballet y montaje de la obra- logró conmover a los cientos de asistentes que repletaron el Teatro de la Universidad de Concepción en sus dos funciones, primero por la tremenda calidad de la producción local, pero también por la dolorosa vigencia de su mensaje. Como pocas veces, la interpelación a la Fortuna, la rueda que da vueltas y que, donde se detiene, deja caer su pesada mano, se volvía dolorosa, casi desgarradora, para una humanidad que contemplaba impotente las consecuencias de la locura y el fanatismo. 

Imposible no hacer la relación entonces con las víctimas que, justo un día antes, a 12.500 kilómetros de distancia del centro penquista, salían de sus casas para divertirse, escuchar música, compartir con sus amigos o ver un buen espectáculo de fútbol. Un viernes como muchos, donde la festiva y paradigmática alegría de París se cortó de golpe, con explosiones, ráfagas de balas, pólvora, muerte y dolor. El resultado: 129 personas masacradas y más de 300 heridos. Pocos días antes, otro atentado en Beirut, también a manos del autoproclamado Estado Islámico, ya había desgarrado a El Líbano, cobrando 41 vidas inocentes. 

Es indudable que el arte tiene un valor per se, pero también es dueño de esa cualidad de conectarnos con la emoción y ayudarnos a comprender un poco mejor la volatilidad de la naturaleza humana, así como nuestro efímero carácter de criaturas de paso, sujetas a fuerzas más allá de nuestro control. Y también que está en nuestras manos exigir cambios y ayudar a poner freno al dolor y la angustia de millones de personas en el mundo amenazadas por la guerra y las amenazas geopolíticas.


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